sábado, 23 de enero de 2016

Pregunta


Fernando Castro de Isidro

Exigíamos que se hiciera política, y el juego ha comenzado. Apartada la paja, nos hemos quedado con el grano. Y, aunque es cierto que no se esperaba tanto retorcimiento táctico, las acciones de Iglesias y la respuesta de Rajoy han devuelto al PSOE a una realidad que los últimos días quería evitar. Pedro Sánchez no ha ganado las elecciones. O, mejor dicho, ha sido el candidato socialista que peor resultado electoral ha tenido en toda la reciente historia democrática española. Que aspire a presidir el gobierno es lícito, pero que además pretenda hacerlo en soledad, con apoyos puntuales parlamentarios del resto de los grupos que componen el Congreso, más que ilusión es una verdadera quimera.
El PP cuenta con la mayoría absoluta en el Senado; es la fuerza política mayoritaria del Congreso. Es cierto que esa mayoría no le da para gobernar porque, salvo Ciudadanos, no hay ningún grupo político que quiera otorgarle su confianza después de su actitud en el pasado gobierno y lo que ha caído en estos años. Pero que así sea no significa que el resto de las fuerzas políticas confíen en el PSOE y que Pedro Sánchez vaya a ser presidente sin más. Si quiere ser presidente, tendrá que acceder a que Iglesias sea su vicepresidente y conceder algo al nacionalismo periférico del que también depende. Y eso dando gracias de que además no se le exijan carteras transcendentales o el líder de Podemos no logre  imponer incluso a sus hombres y mujeres en la segunda línea de aquellos ministerios que directamente no controle, algo muy común en los gobiernos de coalición en muchas Comunidades Autónomas. Y es que Iglesias ha atrapado a Sánchez en su negación inicial, pues al renunciar el secretario general de los socialistas a tomar la iniciativa que le otorga su hipotética centralidad y pactar a derechas y a izquierdas un programa de estabilización económica, generación de empleo y reforma constitucional ha logrado que Podemos se lleve el protagonismo de la iniciativa y Rajoy dé un paso al lado, haciendo visible su débil soledad y dependencia.

Las espadas están en alto y todo puede pasar. La izquierda más radicalizada puede acariciar una pronta victoria y la derecha más cejijunta seguro que habrá comenzado a preparar su estrategia de asalto al vértice de la organización para catapultarse lo antes posible de nuevo al poder. Pero ninguna de las dos soluciones aportará ninguna luz al escenario actual español. O, aportará lo mismo que si se repitieran de nuevo elecciones. España necesita estabilizar un ciclo de expansión económica muy débil que le otorga ventaja en Europa y la posibilidad de crear nuevo y mejor empleo además de lograr el más amplio consenso político para afrontar la reforma de la Constitución. La izquierda podrá formar gobierno pero difícilmente podrá gobernar y hacer frente a la empresa que tiene que abordar este país, lo que se leerá como un nuevo fracaso político del PSOE y el pistoletazo de salida para un nuevo bipartidismo radical, frentista y populista PP – Podemos. ¿No sería más inteligente entonces que Sánchez se eche a un lado también y que se negocie un gobierno de amplia base PSOE – Ciudadanos – PP presidido por Albert Rivera, por ejemplo, que obligue a Podemos y los nacionalistas a pasar a la oposición y sea capaz en cuatro años de abordar el programa de mínimos que las tres fuerzas constitucionalistas proclaman en cada uno de sus programas particulares? Ah, se me olvidaba, que esta Transición no se caracteriza por la generosidad. Lo importante es quien se sienta en el sillón no las políticas a realizar. El segundo puede desplazar al primero, pero el cuarto al segundo jamás.

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