domingo, 10 de enero de 2016

MIRARSE EN EL EJEMPLO DE MAS


Fernando Castro de Isidro

Se acabó. El entremés ha terminado. Ahora empieza de verdad el espectáculo. Como en los grandes escenarios modernos, la función no ha hecho más que empezar. No habrá más elecciones. Ni en Cataluña, ni muy probablemente en el resto del Estado, salvo las que tocan este año en Galicia y el País Vasco. Tras la renuncia de Mas a presentarse de nuevo como candidato a la presidencia de la Generalitat, Carles Puigdemont, un perfecto desconocido fuera de Cataluña, se sentará en el sillón que en su momento ocuparon Macià i Llussà, Lluís Companys i Jover, Josep Irla i Bosch, Josep Tarradellas i Joan, Jordi Pujol i Soley, Pasqual Maragal i Mira, José Montilla Aguilera y Artur Mas i Gavarró. La broma no deja de tener su ironía ideológica. La renuncia de Mas no obedece tanto a la presión de la CUP, que también, como a la de su mismo grupo (y por extensión a la de la burguesía catalana) que no quiere arriesgarse al suicidio de tener que enfrentarse a un nuevo proceso electoral y renunciar a la oportunidad que supone construir un Estado que no reconozca delitos anteriores ni hurgue en los casos de corrupción.
Cataluña y España quedan así a la deriva. La primera inmersa en un proceso que no tiene más objetivo que salvar del banquillo a nombres propios como la familia Pujol, Montserrat Caballé, Messi, Neymar, Ferran Falcó, Fèlix Millet, Jordi Montull, Daniel Osàcar y Mar Puig, además de Josep Maria Matas y Xavier Solà, Sandro Rosell Feliu y Josep Maria Bartomeu Floreta entre tantos otros. La segunda en otro bien distinto, pero no por ello menos apurado, como es poner freno a ese proceso de secesión catalán sin salirse del orden constitucional y respetando la cultura y tradición de la Europa occidental.

Porque la situación no deja de ser muy delicada se mire por donde se mire. Primero. Cataluña representa el 21 por ciento del PIB de España. Su ruptura con el Estado supondría un empobrecimiento general para todos: catalanes y resto de españoles. Y esto en un contexto internacional de recesión no superado y con una deuda pública similar al 100 por 100 del PIB nacional, cuya parte la CE reclama empezar a cobrar este año. Segundo. En Cataluña se han diluido en estos años los partidos que cohesionaban socialmente el territorio y facilitaban la gestión de lo público a pesar del 3 por 100 y los casos de corrupción. El escenario hoy es radicalmente diferente. El sistema de partidos ha estallado por los aires. Y no hay tiempo material para reinventarlo y lograr el apoyo del electorado. Los únicos partidos que sobreviven son los noveles, afirmados precisamente en la confrontación y en anteponer lo ideológico a lo pragmático. Tercero. España no está más capacitada. El último proceso electoral ha puesto en tela de juicio la alternancia sin más de las dos fuerzas políticas clásicas y exige acuerdos para su gobierno que los vértices se niegan a afrontar. Ni el PP ni el PSOE quieren asumir que ninguno está en sí mismo legitimado para gobernar y que el futuro gobierno debe pasar por una alianza compleja que supera la aritmética parlamentaria por muy asimétrica que quiera plantearse. La solución tampoco parece pasar por celebrar nuevas elecciones. Y menos ahora que el procès catalá no ha hecho más que empezar. Se impone tomar decisiones trascendentales que demuestren realmente que España es un país europeo occidental con un sistema democrático sólido y capaz de dar respuesta a los retos que se le presenten sin tergiversar ni retorcer la ley. En esta situación, lo más razonable es mirarse en el ejemplo de Mas, y que los dos candidatos a la presidencia den un paso a un lado para que los segundos o terceros de ambas formaciones asuman lo que hasta ayer parecía imposible y formalicen un acuerdo de mínimos con los que hacer frente y solucionar la crisis que se inicia esta misma tarde. Mas ha movido ficha. No juzgo el movimiento. Sólo corresponde responder. Y el tablero es ya diferente.

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