lunes, 18 de enero de 2016

GENEROSIDAD



Fernando Castro de Isidro

Convengamos al menos en que la democracia española está amenazada. Y esta vez no por grupos fácticos constituidos en sus márgenes. La amenaza procede de una parte de la actual clase política: de aquella, precisamente, que se manifiesta desleal con la Constitución y el orden jurídico vigente. En efecto, es una minoría. Pero su amenaza puede agrandarse si una parte de la España constitucional olvida su posición y compromiso histórico y cierra un acuerdo con ella.
El PSOE no puede olvidar quien es y cuál es su misión en esta democracia. Es más, no puede renunciar a su historia y convertirse de la noche a la mañana en la fuerza radical que nunca fue. Su tarea ha sido siempre dar cohesión territorial a este mal soldado país y procurar frenar el ansia depredadora de las élites económicas con un marco jurídico favorable a las libertades individuales y tuitivo con los grupos y clases más desfavorecidas y débiles. Siempre fue, además, el partido que luchó por que la mayoría de las personas de este país tuvieran una oportunidad, con independencia del lugar donde hayan nacido; el partido de los trabajadores y empleados que hacen honor a su condición y se comprometen con su trabajo cada día.
El PSOE es el partido de Tierno Galván, Felipe González, José Antonio Maravall, Jorge Semprún, Fernández Ordoñez, Pedro Zerolo y tantos otros hombres y mujeres que sacrificaron sus carreras profesionales para que este país pudiera homologarse a Europa o incluso ponerse a la cabeza del mundo en derechos. Un partido, en fin, democrático que cree en la democracia representativa y parlamentaria, no en la democracia directa y menos en aún en la asamblearia. Un partido que jamás ha tenido complejos democráticos, porque ha sabido defender la democracia con las armas cuando el momento histórico lo ha requerido.

Por eso hoy se entiende poco que su líder corteje a Podemos, preste senadores a los independentistas para que puedan constituir grupo propio, y no trabaje para que, con él, el resto de las fuerzas constitucionales se comprometan en un acuerdo de amplia base por el que se acabe con la perniciosa corrupción, se inicie un proceso de renovación en profundidad de la actual democracia, se ponga punto y final a todas las leyes no consensuadas aprobadas por el gobierno en la pasada legislatura; y se reforme la actual Constitución para mejorar la actual vertebración territorial de España, garantizar una enseñanza y una sanidad públicas de calidad, acabar con la ley semi sálica en la sucesión dinástica, terminar con los aforamientos, dar sentido al Senado y simplificar el actual edificio administrativo. Renunciando con generosidad, si fuera necesario incluso, él mismo a formar parte de ese gobierno para que ni lo integre ni lo presida tampoco Mariano Rajoy.

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