domingo, 19 de octubre de 2014

BOUTADE DE UNA NOCHE EN VELA


Fernando Castro de Isidro

Lo que a continuación voy a exponer no es siquiera una hipótesis de trabajo. Es sólo un apunte a vuelapluma escrito con urgencia una noche de insomnio.
Nadie discute que el capitalismo sea el modelo económico que haya ganado la batalla de la historia. Yo al menos no lo discuto. Lo que no comparto, sin embargo, de la lectura al uso, es que el capitalismo sea condición sine qua non para la democracia. Y ello, porque el capitalismo ha sido (y es) capaz de convivir con muy diferentes y variados sistemas políticos que no han incluido siempre el democrático y la democracia puede convivir sin grandes problemas con modelos económicos no capitalistas. Por lo menos sobre el papel. En la teoría.
La democracia, además, tal y como la conocemos es, en la práctica, el resultado de un “consenso histórico forzado” para evitar que los conflictos de intereses (o la lucha de clases, si se prefiere) deriven en una guerra civil permanente que lo invalide como modelo económico. Al menos en Europa occidental. A los historiadores nos encanta indagar en el pasado. Por eso que cuando estudiamos la democracia nos fascina remontarnos a la Grecia clásica, revolver en las primitivas comunidades cristianas, en el monacato, la ciudad y el gremio medieval o en las sociedades de montaña mediterráneas. Pero la democracia actual, dejando a un lado la británica (con un devenir propio, muy ligado a su particular régimen constitucional), tiene una historia muy corta fuera de los EEUU, Japón, algunos países del sudeste asiático y Europa occidental. E, incluso en todos estos ámbitos, sólo se ha demostrado eficiente, continua y prolongada en el continente americano por eso que es consustancial a su naturaleza de moderna nación independiente.
En Europa, por el contrario, donde la democracia sigue teniendo algo de impostura, no cuaja en realidad hasta después de la IIGM (los escasos casos anteriores, como la II República española, son meras excepciones), y sólo en unos marcos muy acotados y con una tutoría permanente de la potencia victoriosa tras la contienda. Es más, el modelo americano de democracia tuvo que adaptarse a la realidad europea, al contrario de lo que ocurrió en el sudeste asiático y Japón, donde se traspuso sin más. Y es que en Europa, la atracción que ejercía la URSS sobre una parte muy importante de la población imponía restricciones significativas a la implantación de un capitalismo no regulado por los estados, que impidiera la negociación colectiva, la semana de 40 horas, sanidad y educación públicas, jubilación digna a los 65 años o las vacaciones pagadas de 30 días. Esta regulación es la que hoy se ha hecho añicos con la supuesta crisis económica, aunque las primeras fisuras se remonten a la época de Thatcher y Reagan. Y la que a la larga, en mi opinión, puede provocar que el feliz matrimonio entre el capitalismo y la democracia devenga en un irremediable divorcio y en un estallido, consecuente, de violencia.
Es cierto que democracia no es sinónimo de Estado de Bienestar; ni siquiera de sociedad de bienestar. Pero la democracia requiere una clase media amplia, y ésta se está contrayendo en beneficio de las clases más modestas. De ahí que intuya que el drama de nuestra época no sea la crisis, la recesión ni la pérdida de estabilidad y poder adquisitivo de los empleos. Esto no es sino una consecuencia del verdadero problema. El drama real es que el capitalismo en Europa parece querer prescindir de la democracia tal y como se entiende aquí. Y ello tal vez, porque Europa no termina de recuperar el atractivo que tuvo después de la última guerra, ante la evidente emergencia de otros continentes y, en particular, el asiático en su área del Pacífico.
 Europa ha sido relegada a la periferia del nuevo sistema económico mundial, lo mismo que el Atlántico. Lo que implica un cambio decidido, imaginativo, valiente y ambicioso de su arquitectura interior, estrategia y política, que los gestores clásicos de esta democracia no parecen tener intención de liderar. Los más conservadores, porque están convencidos que con reducir el gasto público se logra que el capital vuelva a los bolsillos privados y se active la inversión, aunque ello suponga desmantelar parte o todo el Estado del Bienestar; lo importante es reducir la deuda pública, no contraer nueva y pagar cuanto antes la ya asumida. Austeridad es su concepto clave. La socialdemocracia, porque ha perdido la legitimidad social y política de otro tiempo y está atrapada en las contradicciones propias de sus prácticas conniventes y corruptas con un modelo económico que no encuentra la manera de librarse del control de los estados.
Y es que Europa atraviesa una honda crisis de liderazgo que no han podido resolver, sino enfatizar aún más si cabe, las últimas elecciones a la eurocámara. Formaciones jamás representadas en el Parlamento europeo, como la extrema derecha francesa o la extrema izquierda griega han encontrado acomodo restando protagonismo al peso tradicional de socialistas y populares. Mas, en lugar de que esta nueva realidad haya sido aprovechada para abordar una revisión del discurso político, ambas formaciones se han enrocado en sus planteamientos y han pactado el reparto de los puestos de dirección.

No sé si es una boutade lo que voy a escribir a continuación. Pero tengo la sensación de que el sistema heredado de la posguerra toca a su fin y todavía no hemos encontrado la forma de ponernos de acuerdo para encontrar el que lo sustituya. Nos quejamos de los posicionamientos extremos de ambos signos, y echamos de menos ese espacio de centro que ocupa el líder sin imposturas. Pero la solución no parece que vaya a venir de ninguna de las formaciones clásicas, por lo que sugiero que aprendamos a escuchar a los últimos que se han incorporado a la escena política, porque para empezar son los portadores de las ideas más originales y aún no están contaminados por los usos habituales a las que nos tienen acostumbrados socialistas y conservadores. Al menos en España.

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