martes, 6 de noviembre de 2012

FUTURO



Fernando Castro de Isidro

España ni está bien ni va bien. Se mire como se mire, sólo hay una palabra que la define con precisión y rotundidad. Fracaso. Fracaso institucional – administrativo; fracaso económico; fracaso político. No hay un solo pilar de nuestra sociedad y estado que no dé signos de hundimiento. Hay que retrotraerse a 1898 para encontrar un sentimiento común que exprese el estado de ánimo de este país y su gente desde 2008 hasta el presente. Pero con el agravante de que hoy, a diferencia de entonces, no hemos terminado de diagnosticar las razones que lo provocan y, en consecuencia, no podemos mirar el futuro con ningún rayo de optimismo. España camina a la deriva. Tampoco Europa es la solución a nuestros problemas históricos. Dudo mucho que, incluso, España sea el problema. Y aunque intuyo que parte de éste tenga que ver con la actitud demostrada por nuestros políticos, me da miedo sólo pensarlo por los ecos regeneracionistas que pueda despertar con su estela de mesianismo patriótico. Y es que el regeneracionismo dio, en efecto, en este país a Joaquín Costa, pero también al cirujano de hierro y dos dictaduras y una guerra civil. Y a Franco. Por eso creo que estoy, y estamos los que así respiramos, atrapados en un impasse de difícil resolución. Nuestro espíritu menos contaminado de pasteleos inútiles se alinea con las voces limpias que exigen, sin estructura ni organización, un cambio radical. Pero nuestra experiencia vital y conocimiento de la historia nos dice que la democracia tiene límites que no pueden rebasarse y esas voces puras, como las más hipócritas y cínicas de los políticos profesionales, los están rebasando a cada instante. No obstante, y aunque el futuro se me antoje en esta situación una pesadilla, creo que debemos sacar fuerzas de la nada y decir que no. Que no nos vamos a dejar doblegar por la impotencia; que no vamos a tirar la toalla ni renunciar a nuestras convicciones por más equivocadas que sean. Que no, que los sinvergüenza no se van a salir con la suya. Que no, que nos asiste la razón aunque nos traicione la historia. Seguro que no conduce a nada, porque los problemas seguirán y se solucionaran con o sin nuestro concurso voluntario cuando llegue su hora. Pero al menos servirá para que nuestros hijos aprendan a decidir por ellos mismos y a oponerse a los designios de los poderosos a sabiendas incluso que perderán el pulso y su confianza en la razón quedará truncada.

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