viernes, 6 de mayo de 2011

El futuro de África: más allá del año dos mil

DANIEL BELL
Traducción de Guillermo Sheridan

África es el único continente del mundo pobre en el que la población terminó la década de los ochenta en peores condiciones que en los sesenta y que al final de la década actual estará peor que en los ochentas. Y lo más probable es que más allá del año dos mil  – con unas dos posibles excepciones, Ghana y Sudáfrica (si conservan su estabilidad política) –   continúe su descenso.
En este caso, al decir África, uno se refiere al África del
Sab- Sahra, a los cuarenta y nueve países que se localizan debajo del desierto del Sahara y de la parte norte de Africa (es decir de Marruecos, Tunisia, Argelia y Libia). Un territorio en el que viven casi seiscientos millones de personas; que incluye a Nigeria, el país más poblado (con cerca de cien millones de habitantes); a Sudán en el este, el mayor en tamaño pero con el pantano más grande del mundo; a Zaire, el tercero más grande, en potencia uno de los más ricos y sin embargo, hoy en día, potencialmente el más explosivo; Ruanda-Burundi, dos de los países más pobres del mundo, cuyo atroz fraticidio entre tutsis y hutus ha causado algunas de las masacres más grotescas y salvajes de la historia moderna; y Sudáfrica, un país con una pequeña élite rica y veinte millones de desesperados pobres que está llevando a cabo uno de los experimentos políticos más relevantes de la historia contemporánea  – y uno de los más portentosos del siglo XXI –  que consiste en ver si un país racialmente mezclado (70% negro, 20% europeo y 10% mixto y asiático) puede funcionar en paz y sostener su crecimiento económico.
Potencialmente, África puede sostenerse con facilidad. Posee los recursos en tierras arables más elevados del mundo, mil doscientos millones de hectáreas, de las cuales sólo está cultivada la quinta parte. Tiene petróleo en sitios tan diversos como Nigeria y Angola. Tiene metales estratégicos, como cromio (Sudáfrica es el primer productor del mundo con más del 36% de la producción); diamantes en Zaire (20% de la producción mundial), en Botswana (16.5%) y Sudáfrica (10%); y Guinea posee la tercera parte de las reservas mundiales de bauxita de alta calidad, la base del aluminio. Como buena parte del continente aún no ha sido explorado, no sabemos qué otros recursos estén disponibles.
Dada la historia de otras regiones del mundo, existían todas las expectativas para un adecuado florecimiento de África. Sin embargo el Sahel  – la abreviatura europea para referirse a la morosa África al sur del Sahara –  se encuentra ahora atrapado en una espiral descendente y viciosa de gran crecimiento poblacional (3.2% al año, lo que puede doblar el número de sus habitantes a mil doscientos millones para el año 2030), hambruna (un tercio de las veintinueve naciones monitoreadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional viven en absoluta pobreza), enfermedades infecciosas (de los catorce millones de personas con SIDA en el mundo, cerca de diez están en Africa), incontroladas guerras civiles y anarquía política. Jamás ha habido en la historia del mundo, tal como lo conocemos hoy, un episodio como éste, en el que un continente entero está virtualmente desintegrándose. ¿Cómo sucedió esto? ¿Hay algo que pueda hacerse?
África es el segundo continente más grande del mundo: mide siete mil seiscientos kilómetros en línea recta de Cabo Blanco en Tunisia al Cabo Agulas en el sur. Casi todo en África se describe en superlativos. África del norte está dividido por el desierto del Sahara, el mayor del mundo (5 600 000 kilómetros cuadrados), que cruza a lo largo de tres mil kilómetros la anchura de África desde el Océano Atlántico al Mar Rojo en Asia. El Sahara registra las temperaturas más elevadas del planeta durante el día (58 grados centígrados) mientras que por la noche llega al punto del congelamiento. A través de Africa cruza el Trópico de Cáncer, que separa la zona tropical de la temperada. La mayor parte del Sahel está en los trópicos, hasta Sudáfrica, que por estar debajo del Trópico de Capricornio retorna al clima templado.
Siempre ha existido un gran romanticismo alrededor de África. Los exploradores portugueses la navegaron a fines del siglo dieciséis para encontrar una nueva ruta hacia la India. Y los traficantes de esclavos del norte bajaban hacia Ghana, en la costa poniente, o de Sudán hacia Madagascar, a comprar o a capturar esclavos que exportar a las naciones árabes vecinas y, más tarde, al Caribe y a los Estados Unidos. Pero el corazón del continente –“El corazón de oscuridad”, como lo llamó Joseph Conrad en su gran novela, permaneció ignorado hasta que llegaron los exploradores europeos en el siglo pasado.
Entre 1880 y 1912, toda África, con la excepción de Liberia y Etiopía, cayó bajo el dominio colonial. Los ingleses se sirvieron con la cuchara grande a Egipto como protectorado, y a una extensa banda de países de la África oriental, desde el Sudán, Uganda, Kenia, Rodesia y Sudáfrica hasta Nigeria y la Costa de Oro en el oeste. Francia tuvo al norte de África y la banda de países al sur del Sahara; Bélgica se apoderó del Congo y de Ruanda-Burundi (como se llamaba entonces), e Italia de Libia, de Eritrea y de Somalia. Liberia era un país nominalmente independiente, puesto que había sido repoblado por los descendientes de los esclavos de los Estados Unidos y la compañía hulera norteamericana Firestone era el empleador más grande del país con una concesión de cuatrocientas mil hectáreas. Etiopía era independiente porque un notable negus (jefe) llamado Menelik derrotó la invasión italiana de 1896, e Italia, que había reclamado el territorio, reconoció su independencia. En 1935 el dictador fascista de Italia, Benito Mussolini, invadió Etiopía, venció al nuevo negus, Haile Selassie, y la unificó con Eritrea y la Somalia italiana para constituir la África oriental italiana. Lo que le dio a este incidente importancia política y simbólica fue que la Liga de las Naciones (a la que Etiopía había ingresado en 1923) condenó el acto de agresión y ordenó sanciones económicas contra el invasor, una de las primeras acciones tomadas por un organismo internacional. En 1941 los británicos conquistaron Etiopía y restauraron el trono de Haile Selassie.
Buena parte de África se independizó en la década de los sesenta, con Ghana como pionero en 1957. En general, las transiciones fueron relativamente pacíficas, aunque en Kenya la rebelión Mau-Mau, dirigida por el antropólogo Jomo Kenyatta, se convirtió en una salvaje guerra de tres años con los británicos, y en Rodesia un gobierno blanco minoritario se sostuvo a lo largo de diez años en abierto desafío a las sanciones internacionales y sosteniendo una guerra civil que duró hasta 1980 cuando, bajo el liderazgo de Robert Mugabe, se logró la independencia y el país cambió su nombre a Zimbabwe.
La primera generación de líderes, la mayor parte de ella educada en occidente, fue de hombres de estatura como Kwame Nkrumah, de Ghana; Leopold Senghor, de Senegal, notorio poeta francófono; Kenyatta, de Kenya; Kaunda, de Zambia, o Julius Nyerere, de Tanzania. Puede llegar a decirse que Nelson Mandela es el último líder de esa primera gran generación, si bien tuvo que esperar treinta años para cosechar lo que le estaba deparado.
Esa primera generación de líderes tenía la ambición de dejar su marca no sólo como la de los “padres” de sus países, sino la de hablar a nombre de África en el escenario del mundo. Nkrumah se convirtió en uno de los líderes de las naciones no alineadas, grupo que incluía a Tito de Yugoslavia, a Sukarno de Indonesia y a Zhou-en-lai de China en el célebre encuentro de veintinueve naciones africanas y asiáticas de 1955, el primero – y último – intento por hacer sonar una tercera voz en el panorama de la política internacional. Nkrumah y Nyerere predicaron un socialismo africano que sería adecuable a la naturaleza comunal de África, así como un panafricanismo que uniría la naturaleza negra de África en un solo bloque homogéneo.
Todo esto, sin embargo, era retórico y utópico, y poco fue lo que se trasladó a las realidades africanas. Los movimientos africanos independentistas solían ser llamados “nacionalistas”, pero el término es completamente equívoco. La mayor parte de África consistía de pequeñas sociedades de grupos étnicos diversos que fueron aglomerados en entidades políticas por los poderes imperialistas europeos, y cuyas demarcaciones guardaban escasa relación ya con los grupos tribales, ya con los movedizos “límites” territoriales de las sociedades de pequeña escala. Estas sociedades eran principalmente agrícolas, pero su técnica de tumba, roza y quema agotaba los suelos, por lo que necesitaban mudarse en busca de nuevas tierras. Así, los dominios territoriales no eran fijos. El mando se ejercía, como señala Aristide Zolberg, no sobre tierra sino sobre gente, y los conflictos entre las facciones solían ser agudos.
El esfuerzo por alcanzar una identidad panafricana se enfrenta también a un torrente de lenguas. Existen quizá ochocientas lenguas en África, con cincuenta habladas por más de medio millón de personas. Setenta millones hablan bantú, sobre todo al sur del Congo (Sudáfrica, Mozambique, Zimbabwe, Kenya, Tanzania), sin olvidar que existen cerca de cien dialectos bantúes. En el Africa oriental se habla swahili, una lengua bantú mezclada con árabe, lenguaje oficial de Kenya y Tanzania. En Zaire se hablan doscientos cincuenta dialectos distintos, aunque predominen cuatro (swahili, kikongo, tshiluba y lingala). Los dos grupos lingüísticos más grandes – el níger-kodofaniano y el nilo-saharauí, que hablan en toda África, en sus diversas ramas, ciento sesenta millones de personas – carecen en muchos casos de escritura, excepción hecha de la Biblia. El swahili, por otra parte, poseé una rica tradición pues su escritura se desarrolló antes de la conquista europea de África. Las élites hablan inglés o francés (y en algunas pequeñas instancias italiano), según la dominación europea inicial, o bien según su educación. Como escribió Anthony Appiah – un filósofo educado en Cambridge que dirige el departamento de estudios afro-norteamericanos de la Universidad de Harvard – en su pertinente libro In My Futher’s House: Africa in the Philosophy of Culture,” Africa no es una entidad cohesionada, ni siquiera un ethos común: “Sea lo que sea que comparten los africanos, carecemos de una cultura tradicional común, de lenguajes comunes, de un vocabulario religioso o conceptual común.”
La historia y la cultura dan forma al futuro. La historia de África ha sido de continuas rivalidades y guerras civiles. En tales instancias, han sido los militares, en tanto que son la única fuerza organizada dentro de una sociedad (y la única con armas), la que ha asumido el mandato dictatorial. O, en otras instancias, los partidos marxistas que, unidos a las guerrillas, han tomado el poder. Desde la independencia, en los últimos treinta años, apenas ha habido un país que ha escapado de ese gobierno. Ghanan había sido el abanderado. Pero el esfuerzo de Nkrumah por nacionalizar la economía desató la confusión. En 1964 se hizo proclamar presidente vitalicio y prohibió los partidos políticos. En 1966 fue depuesto por un golpe militar y durante quince años hubo un inepto gobierno militar. Nigeria, el país más vasto, era una federación de tres grandes áreas, la Hausa, la Yoruba (ambas musulmanas) y la Ibo, cristiana-católica. Cuando un régimen militar tomó el poder en 1965, Ibo se separó, cambió su nombre a República de Biafra y desató una guerra civil depravada que duró cinco años y terminó con la derrota de los biafranos. En los treinta y cuatro años desde su independencia, sólo ha habido gobierno civil nueve años. En 1994, el gobierno militar prometió elecciones libres pero se retractó cuando se hizo evidente que lo echarían fuera. Uganda, a la que Winston Churchill alguna vez llamó “la perla de África”, ha sido escenario de algunas de las masacres más sangrientas de África. Desde 1962, siete cambios de gobierno, cargados de violencia y guerras civiles, han dejado en ruinas a una de las economías más promisorias del continente. Fue típico también el racismo de sus primeros regímenes, que expulsaron sesenta mil indios y pakistanis del país para expropiar sus bienes, lo que dejó a Uganda sin clase social de administradores y mercaderes.
Desde el principio hubo un número considerable de problemas insalvables. Uno fue la idea de que las economías podían ser “planificadas” desde arriba, en una transición del colonialismo, y con base en los modelos soviéticos o de Europa del este. Pero en cada país había la carencia de una clase tecnocrática o administrativa capaz siquiera de llevar los decretos de nacionalización más allá del papel en que estaban escritos. El segundo fue el hecho de que como todo el poder estaba concentrado en el nivel político, los trabajos gubernamentales se convirtieron en fuente de patronazgo y corrupción. Con el paso de los años, casi todos los estados africanos habían sido saqueados por las élites políticas, siendo Zaire, bajo el presidente Mobutu, el principal ejemplo. Mobutu, quien gobierna al país con mano férrea desde que tomó el poder en 1965, ha convertido a Zaire, el tercer país más vasto de África, de ser uno de los más ricos (gracias a sus abundantes recursos naturales) a ser clasificado por el Banco Mundial, desde 1987, como uno de los más pobres.
La espiral descendente de este ciclo se debe en buena parte a la guerra fría. Varios países africanos, como Etiopía, Mozambique, Angola, Guinea y otros, se declararon abiertamente marxistas y buscaron apoyo de la Unión Soviética. La Unión Soviética por su parte, buscó ansiosamente ayudar a los países cercanos al “cuerno de África” en el Mar Rojo, que le darían una plataforma geopolítica frente a Arabia Saudita permitiéndole crear un eslabón con Siria y otros estados de su clientela en el medio este. Los Estados Unidos respondieron financiando movimientos de oposición en estas zonas (tal y como años antes había ayudado al derrocamiento de Patrice Lumumba en Zaire), logrando que en algunas instancias, como sucedió en Sudán, los regímenes cambiaran de bando. En Angola, en 1975 estalló la guerra civil entre el marxista Movimiento de Liberación Popular, ayudado por tropas cubanas mandadas por Fidel Castro, y el movimiento UNITA, dirigido por Jonas Savimbi, apoyado por los Estados Unidos, que utilizaba armamento norteamericano y reclutaba mercenarios sudafricanos.
Hoy la guerra fría ha terminado y casi todos los regímenes marxistas han desaparecido o han virado (como Mozambique) hacia una economía de mercado. Aún así, muchos de los estragos permanecen. En Etiopía, por ejemplo, las periódicas sequías y la escasez de alimento habían sido sobrellevadas de algún modo por pequeñas redes de mercaderes y negociantes que almacenaban alimento y lo revendían (con ganancia) durante las hambrunas incipientes. Sin embargo el líder, el coronel doctrinario marxista Mengistu, desbarató el sistema tradicional e intentó reubicar a los campesinos en nuevas zonas. Más de un millón de personas murieron en las hambrunas de 1990 y 1991.
El final de la guerra fría y el colapso de casi todos los regímenes marxistas han creado la esperanza de que ahora sí podrán surgir sistemas democráticos en África. Sin embargo, en muchas instancias, una vez que las ligaduras dictatoriales ceden, la introducción de la democracia ha acarreado una aceleración en el proceso de fragmentación. El problema es sencillo: la democracia supone competencia política, y en los países africanos la competencia suele convertirse rápidamente en uso de fuerza. Hay dos razones para ello. Una es que la democracia no puede funcionar solamente con elecciones libres y el gobierno de la ley; se necesita también que los perdedores tengan un sitio a dónde ir, como el sector privado, las actividades empresariales o la vida universitaria. Mas en aquellos lugares en los que la política controla todo el poder y el empleo, el sistema deviene un juego sin opciones. El segundo es que, cuando se aflojan los lazos ideológicos y la gente requiere de un “anclaje” para su identidad, recurre a la familia, la tribu o el clan, y la política acaba por fortalecer así este tipo de divisiones étnicas.
El caso de Somalia es un ejemplo claro. La mayor parte de los observadores pensaron que Somalia tenía los recursos sociológicos para convertirse en una nación cohesionada. Los casi seis millones de somalíes hablan el mismo lenguaje, casi todos son musulmanes de la secta suni, y sostienen una vida pastoral común. Sin embargo, bajo la superficie había fuertes rivalidades, y cuando la dictadura de Siad Barre – que había cambiado la alianza con la Unión Soviética por la de Estados Unidos – fue derrocada en 1991, Somalia quedó bajo el dominio de jefes rivales cuyos clanes devastaron al país creando una gran hambruna que obligó a las Naciones Unidas y a los Estados Unidos a una intervención que si bien alimentó durante un tiempo a la población, fue incapaz de acabar con la rivalidad de los clanes, y de subyugar a sus jefes. Y esas tensiones aún existen.
Unos cuantos estados dirigidos por un largo periodo de tiempo por líderes de la “primera generación”, como Zambia y Malawi, pudieron llevar a cabo transiciones pacíficas cuando Kenneth Kuanda y Hastings Banda fueron derrotados en las urnas. No obstante, ambos países enfrentan enormes problemas económicos. Los tres estados más estables de África, por lo pronto, son Ghana, Uganda y Zimbabwe. Los tres son estados de “partido único”, los dos primeros gobernados por jefes militares: Jerry Rawlings en Ghana y Yoweri Museveni en Uganda (país éste último que puede enfrentar problemas en la medida en la que ha apoyado al rebelde ejército tutsi en Ruanda); el tercero, Zimbabwe se enfrenta a crecientes dificultades económicas que han llevado a su gobernante, Robert Mugabe – la figura más impresionante de la política africana – a tomar el control sobre las actividades del sector privado que él mismo había permitido florecer. Sudáfrica, bajo Nelson Mandela, es aún una interrogante.
Uno regresa a las condiciones económicas que son la base de cualquier futuro para África. En mayo, los Estados Unidos publicaron su Reporte de 1994 sobre el desarrollo humano. El reporte anexa un índice, el primero de su tipo, que cataloga a todos los países del mundo en una escala única. Este Indice de desarrollo humano (IDH)3 contempla tres factores: longevidad (expectativas de vida), conocimientos (nivel de alfabetización y años promedios de escolaridad) y nivel de vida (poder adquisitivo basado en el producto nacional bruto ajustado para el costo de la vida).
De las ciento setenta y tres naciones catalogadas, no hay una sola en África que se halle en las categorías alta o mediana, que suman un total de ciento dieciocho países. (Entre las treinta naciones industrializadas del catálogo, Canadá fue la primera, Suiza la segunda y Japón la tercera. Los Estados Unidos ocuparon el octavo sitio.) De las treinta naciones en el nivel más bajo, veinticinco fueron africanas.
Con el colapso del marxismo y de la idea de la economía planificada por el Estado, la mayor parte de las naciones africanas están buscando ahora en el mercado y en el sector privado los mecanismos idóneos para instrumentar un viraje en sus economías y lograr el crecimiento. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional supervisan hoy veintinueve países, condición previa para la ayuda económica. Las condiciones elementales son la disciplina fiscal y monetaria, la devaluación de las divisas infladas, la reducción de las nóminas burocráticas y el estímulo a la empresa privada. Sin embargo, la disciplina monetaria requiere de estabilidad política, y esa es la circunstancia determinante. De las veintinueve naciones en cuestión, el Banco Mundial considera a seis como las que ofrecen mejores posibilidades: Ghana,
Tanzania, Gambia, Burkina, Faso, Zimbabwe y Nigeria. Pero después de que sus militares cancelaron las elecciones de este año, Nigeria cayó de la lista.  
Es más: inclusive si la estabilidad económica y política se lograran milagrosamente, existe una circunstancia estructural determinante que constituye la mayor barrera a superar: el hecho de que África es casi en su totalidad una entidad pre-industrial en un mundo que se ha hecho fundamentalmente industrial y que ahora se aproxima hacia algunos sectores post-industriales. África se encuentra casi en su totalidad encerrada en la producción primaria de productos agrícolas, metales y minerales. Sin embargo los mercados para estos productos (más allá de su utilización local) se están reduciendo en gran forma. Un reporte de las Naciones Unidas, hace algunos años, señalaba que la canasta de exportaciones africanas en 1990 valía exactamente la mitad de lo que en 1980; y si se excluía el petróleo, ese valor se reducía a la tercera parte. La parte africana del comercio mundial se ha reducido del cuatro por ciento al dos por ciento hoy.
Una de las principales razones es la substitución tecnológica de los recursos naturales. En 1973, el Club de Roma publicó el famoso reporte en el que anunciaba la grave escasez de recursos naturales a causa de la reducción en el abasto y el aumento de la demanda. El reporte recibió mucha publicidad a causa de dos fenómenos simultáneos: el “shock” del petróleo y la duplicación y triplicación que sufrieron los precios del crudo de la Organización de países productores de petróleo (OPEC). De hecho, el primer recurso natural que el Club de Roma predijo que iba a escasear era el cobre. Algunas compañías petroleras, como American Arco y Shoio (más tarde adquiridas por British Petroleum), gastaron billones de dólares en la compra de grandes productoras de cobre como Anaconda y Kennicott. Y el cobre se ha convertido en una nulidad en el mercado mundial desde hace quince años, principalmente a causa de la substitución del cableado de cobre por fibra óptica en los sistemas de telecomunicación. El problema de las economías africanas consiste en encontrar el modo de salir de los sectores primarios de producción hacia la manufactura de tecnologías superiores, como Japón y los países del Asia oriental, guiados por Corea, lograron hacerlo desde hace cuarenta años. La primera respuesta, como fue evidente en Japón y en Corea, es la educación. Pero en África el gasto escolar se ha visto disminuido en una tercera parte y cinco millones de refugiados han abandonado sus países, lo mismo que la tercera parte de sus universitarios diplomados. Esa es la triste verdad del futuro de África.

Publicado originalmente en Vuelta, número 215, de Octubre de 1994



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