martes, 22 de febrero de 2011

La incipiente transición a la democracia en el mundo árabe occidental



Fernando Castro de Isidro

Los sucesos que acontecen estas últimas semanas en Egipto y el Magreb ameritan unas reflexiones, aunque sean de urgencia, que el autor de este blog no puede evitar.
            Tony Judt, en su libro Postguerra, dedica un amplio capítulo a analizar la transición que se vive en la ribera norte del Mediterráneo en la década de los 70 del siglo pasado. Y después de subrayar cada una de las particularidades de las transiciones griega, portuguesa y española concluye que sendas fueron posibles, sin violencia, porque las personas que las pilotaron transmitieron seguridad a los sectores que habían prestado lealtad al sistema autoritario que desmantelan. Javier Cercas argumenta lo mismo en su reciente ensayo Anatomía de un instante. Y es que ambos coinciden en que la situación de los desagradables regímenes de la Europa meridional no se definía tanto por su bancarrota moral como por su anacronismo institucional. A su manera, el profesor Santos Juliá también se muestra partidario de esta idea en su último ensayo Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo XX.
            No tenemos datos suficientes para analizar pormenorizadamente la situación de Egipto y el Magreb hoy. Pero los comentarios vertidos sobre las tres transiciones de los países septentrionales de esta misma cuenca mediterránea son válidos para las que parecen iniciarse en estos países del sur. Hasta ahora ha sido un tópico académico y periodístico afirmar que el Islam no es compatible con la democracia. Craso error si se analizan las reivindicaciones de la oposición en estos países. Distinto es que los regímenes autoritarios, ahora contestados, hayan querido legitimarse al margen del derecho y hayan despreciado los sistemas de representación parlamentaria en su arquitectura institucional. Pero eso también es lo que hicieron las dictaduras de la rivera norte y nadie dudó, llegado el momento, que la democracia no fuera a ser posible también en estos países o que el cristianismo no fuera compatible con la democracia. Sobre todo en la generación más joven y agente del cambio, pese al incierto e inestable futuro o por ello mismo. Ahora bien, que esto sea así no significa que la transición vaya a triunfar sin derramamiento de sangre o, incluso, que la democracia vaya a sustanciarse finalmente sin gestión política. Porque es, precisamente, en cómo se lleve a cabo esta gestión lo que determinará la conclusión.
            En la cuenca mediterránea, ninguna democracia moderna ha logrado legitimarse en un acto de violencia. Y ninguna de las democracias que se fraguaron en la década de los setenta en esta cuenca lo hizo como respuesta a un plan preconcebido. Las democracias más recientes se han legitimado en el consenso que exigió la ruptura pactada que, en el fondo, fue esa transición. Y el consenso fue el estilo que obligó adoptar una gestión sin planificación.
Así, y en espera de lo que deparen los acontecimientos, de lo poco que se puede decir sobre lo que está ocurriendo en el norte de África es que, para que las actuales transiciones concluyan en la democracia que todos deseamos, es preciso que una parte de la elite política tome conciencia de lo inviable que resulta forzar la prolongación de un régimen agonizante e inicie un diálogo ininterrumpido con los líderes políticos que esta transición debe dejar promover.
Nos gustaría poder decir mucho más. Y, sobre todo, dedicar algunas palabras al papel que creemos que debe jugar la UE, EEUU o la OTAN. Pero se impone la cautela. El proceso de transición en el mundo árabe occidental se ha iniciado y sólo cabe confiar en que la elite que negocie el cambio, en lugar de cuestionarse la posición de la región en el contexto internacional, lo refuerce a fin de evitar derivaciones no deseadas que a la postre sólo servirán para afianzar las posiciones más autoritarias.

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