sábado, 22 de enero de 2011

LA GUERRA FRÍA EN EL TEATRO DEL EXTREMO ORIENTE

Apuntes sobre el actual “milagro” chino


Fernando Castro de Isidro




Lo que llamamos sudeste asiático comprende los países situados a la orilla del Pacífico entre Tailandia y Japón y el estrecho de Torres. Abarca en la actualidad la parte más activa del planeta en términos estrictamente económicos. La docena de países que conforman esta región (Japón, Corea del Sur, Tailandia, China, Vietnam, Laos, Taiwán,  Camboya, Malasia, Singapur, Indonesia y Filipinas), con apenas un 10 por 100 del territorio de la Tierra, suponen, desde mediados de la década de 1980, más del 35 por 100 de su población.
Dentro de este conglomerado geográfico, hay países en situaciones muy diferentes. Japón, pionero del desarrollo tecnológico, simboliza hoy su avance como país orientado a la inteligencia artificial. Países de reciente industrialización – los célebres NICs –, como Corea del Sur, Taiwán y Singapur, junto con el antiguo independiente Hong Kong, los llamados “cuatro tigres”, son territorios superactivos en el comercio internacional.  Y un tercer grupo muy heterogéneo de países, finalmente, todavía en desarrollo, cada uno de los cuales busca a su manera su propio futuro de crecimiento económico en medio de profundas transformaciones de sus sistemas de organización, y con cambios políticos de gran relevancia. De entre éstos destaca China, país al que principalmente vamos a referirnos a partir de aquí, y que, pese a su adscripción al antiguo bloque comunista (o, tal vez, por ello, como veremos), lidera la zona.
Es una convención actual que China está emergiendo como la próxima superpotencia económica del planeta, al igual que India, desafiando y superando a Japón, Europa y EEUU. La razón, por muy simplista que pueda parecer, no es otra que la mejora constante de sus indicadores industriales y, consecuentemente, del impacto causado por sus productos en el mercado internacional. El milagro chino, también se afirma de forma convencional, es resultado de la globalización, lo que le ha permitido a este vasto territorio crecer durante los últimos veinticinco años a un ritmo del 10 por 100 anual, de forma que 250 millones de personas han salido de la pobreza y se ha creado una clase media emprendedora que ya tiene más de cincuenta millones de miembros. A esta globalización, se dice igualmente, China pudo acceder gracias a la etapa de distensión que se abre con Nixon en los últimos años de su presidencia.
Sin negar estas convenciones, este trabajo trata de proponer una mirada diferente al cambio significativo vivido por China en la actualidad. La tesis es sencilla. Lo que se pretende demostrar es que, entre otras razones, este cambio se debe también a cómo transcurrió la guerra fría en el teatro extremo oriental y a cómo China supo jugar sus cartas en este específico escenario.

A principios del siglo XX, lo que acontece en China es muy similar a lo que está  sucediendo en Turquía por esos mismos años. Una estructura imperial, capaz de haber cohesionado un vasto y diverso territorio, entra en crisis, lo que despierta el apetito de las potencias extranjeras allí ya establecidas y, sobre todo, la ambición de los dos imperios fronterizos, Rusia y Japón, por hacerse con su control y ampliar así sus respectivas áreas de influencia.
A finales del siglo XIX, Corea estaba nominalmente integrada en el Imperio chino. Desde la primera guerra del opio (1839-1842), China había tenido que ceder parte de su territorio a las potencias europeas y, muy especialmente, a la que sale victoriosa de éste y el siguiente conflicto, la segunda guerra del opio (1856-1860), el Imperio británico. Así, desde la década de 1880, China ya había perdido los estados dependientes del Imperio, Burma, Amnam, Illi y Sikkim. En realidad, sólo le quedaba Corea.
Desde mediados de la década anterior, no obstante, Corea se encamina hacia su independencia. Tanto en el Tratado que en 1876 China firma con Japón como en el que en 1882 establece con EEUU y en 1883 con las potencias europeas, se reconoce la futura soberanía de la península. Ahora bien, ninguna potencia occidental disponía de los recursos necesarios para hacer posible que se sustanciara esta independencia. Es por ello por lo que, tras muchas cavilaciones e incertidumbres, apoyan los intereses de Japón a fin de evitar que la expansión del Imperio ruso llegara a esta parte del litoral del Pacífico.
Desde el inicio de la década de 1890, Corea, en efecto, no es sólo un asunto de China y Japón. Rusia, con su política de asegurarse un puerto libre de hielo en el Pacífico codicia la península, logrando anexionarse Port Hazarev. En su contra, los británicos, que ya ocupan Port Hamilton, buscan un entendimiento con Japón para evitar esa expansión. Rusia, que no se queda quieta, por su parte, y para frenar la expansión británica, llega a acuerdos puntuales con Japón y EEUU, aunque no lo suficientemente estables como para evitar el conflicto. En 1894, el comercio exterior de Corea con Japón supone el 90 por 100 del total de las exportaciones. La supuesta debilidad de la política japonesa en la región, como se ve, no es tal. La integración de la península en el área de influencia nipona es un hecho objetivo que no deja lugar a dudas conforme indica su balanza de pagos.
El mortero que fragua finalmente la alianzas de Japón con EEUU y los británicos contra el Imperio de los zares es, sin embargo, el proyecto de ferrocarril transiberiano que aborda Rusia a partir de 1891. Japón, en competencia abierta con este proyecto, plantea el suyo propio a fin de unir Shankhaiwa con la frontera de Manchuria, muy cerca de Vladivostok. Este choque de intereses entre Rusia y el Imperio británico, que se repite a lo largo de toda la frontera asiática del Islam y, especialmente, se recrudece en la segunda guerra afgana (1878-1880), permitirá que el liderazgo del enfrentamiento en esta área del planeta lo asuma, con el respaldo occidental, el Imperio nipón.
Como en 1592[1], pero con un final distinto, la guerra parece inevitable, y así es, en efecto. China y Japón se enfrentan en 1894-1895. Después de un año de hostilidades, ambos países firman el tratado de Shimonoseki, por el que China acepta la cesión de Taiwán[2], Manchuria[3], Islas Pescadores y Liaodong a Japón contra los intereses de Rusia que, no conforme, presiona al gobierno japonés, con el apoyo de Alemania, para que “amistosamente” reconsidere las ventajas de ese tratado. Japón, que por entonces se veía incapaz de enfrentarse a Rusia, cede a sus presiones y renuncia, pocos días después, a los derechos adquiridos sobre Manchuria, la península de Liadong y su codiciada plaza estratégica de Port Arthur. Este hecho, pese a conservar el resto de ganancias territoriales y la influencia sobre Corea, crearía un considerable ánimo de revancha en los japoneses que, diez años después, no perderían la oportunidad de desquitarse con la guerra ruso-japonesa (1904-1905).
Las tensiones en el área, sin embargo, lejos de disminuir se acrecientan. Tras la revuelta de los Boxers (1898), Rusia amplía su radio de influencia en Asia con un acuerdo con China por el que toma en arrendamiento Port Arthur (la base naval libre de hielo para su flota del extremo oriente) y ocupa el norte de Corea y Manchuria. Inglaterra, que ve peligrar su situación diplomática y comercial en Asia por este movimiento ruso, acuerda firmar una alianza con Japón en 1902 y apoya la exigencia de su gobierno de que los rusos abandonen las regiones ocupadas.
Y es que la ocupación rusa de Manchuria es percibida como una amenaza por Japón, que tutela en cierta medida Corea, y cuyo gobierno, por librarse de ésta, se ha puesto a tontear con los rusos. Así, el gobierno japonés requiere a Rusia para que abandone Manchuria y el norte de Corea, de inmediato, en cumplimiento de los acuerdos de 1900. Pero Rusia, sin ningún interés, dilata las conversaciones  durante dos años. Japón, harto de esperar en vano, rompe las relaciones diplomáticas el 6 de febrero de 1904 y ataca en la noche siguiente. La amenaza de guerra que pendía sobre el extremo oriente desde que finalizó la guerra sino-japonesa es un hecho consumado.
En la noche del 7 al 8 de febrero, en efecto, la flota japonesa se acerca a Port Arthur y sus torpedos penetran en la rada del puerto dirigidos contra la escuadra rusa. Pillados de improviso, la mitad de los grandes buques rusos del Pacífico son hundidos o averiados. Sólo se salvan cuatro acorazados y algunos cruceros.
Pocos días después, cuatro ejércitos japoneses desembarcan en Corea y la península de Liaodong, donde se encuentra Port Arthur. En Corea, los japoneses ocupan el territorio y llegan hasta el río Yalú, frontera septentrional con Manchuria. En diferentes encuentros los rusos son obligados a replegarse hasta el interior, mientras los japoneses cercan Port Arthur después de las sangrientas batallas de Wafang y Liao Yang. Entre tanto, los restos de la flota rusa del Pacífico son destruidos en diferentes combates. Port Arthur se rinde a los japoneses en febrero de 1905. Enviada la flota del Báltico para una contraofensiva, es humillantemente derrotada también por la escuadra japonesa mientras, por su parte, la infantería se hace con el control de Mukden, la capital de Manchuria. Japón es ahora frontera con Siberia y la potencia extranjera hegemónica en la zona.
En Rusia, y a consecuencia de estas derrotas, cunde el pánico y estalla la revolución, lo que lleva a su gobierno a pedir la paz. La victoria japonesa ha sido total y sin necesidad de acudir a la ayuda británica, lo que le hace ser un aliado esencial en la región. La obsesión expansionista de Japón por ocupar y colonizar el área continental que tiene en frente no se satisface, sin embargo, con esta victoria. Corea no sólo cae bajo su órbita de influencia en la década siguiente, sino que de hecho operará como un Estado vasallo a partir de 1910.
En febrero de 1912, y fruto de esta inestabilidad política, el último emperador chino abdica en beneficio de una República debilitada por la corrupción política y el caudillismo que alienta EEUU[4]. Aunque en 1911, el Dr. Sun – Yat – Sen fue elegido presidente del gobierno provisional republicano, Yuan Shikai emprende una resistencia en el norte, como jefe del Ejército imperial, que impedirá que la joven República al año siguiente adquiera el aire democrático que deseaba Sen. En 1913, hecho con el control del gobierno, Yuan Shikai ilegaliza al Kuomintang de Sen y pacta contra éste con los señores de la guerra locales. Tres años más tarde, y antes de morir, se autoproclama dictador. El mayor efecto de su paso por el gobierno es allanar el camino al triunfo posterior de estos señores de la guerra (1917-1927). Pero él es también el responsable de haber abierto el camino definitivamente a los japoneses con sus 21 demandas: lo que significa que asienta las bases para que las empresas y el Estado japonés penetren en Manchuria y Mongolia con concesiones oficiales  en ferrocarriles, puertos, industria y minería.
China participa del lado aliado en la I Guerra Mundial. Su razón es recuperar las concesiones realizadas a favor de los alemanes en la provincia de Shandong. No obstante, los aliados traicionan el acuerdo y, en el Tratado de Versalles, en lugar de confirmar su devolución, son reconocidas ahora a Japón. La alianza nipona con EEUU y el Imperio británico no sólo prosigue sino que resulta inquebrantable.
Desde 1919, Japón, en efecto, ve ampliar sus privilegios comerciales en China, que no dejan de causar graves resentimientos entre la población[5]. La debilidad política de la República y el clima permanente de guerra civil coadyuvan aún más a favorecer la penetración de Japón y a que este país perciba como relativamente fácil la ocupación del territorio.
 Esta posición preponderante de Japón en la región se ve reforzada a consecuencia del retroceso que experimentan tanto Francia como Holanda en Indochina en la década de los treinta, y su hegemonía política y militar se extiende a Manchuria, que es ocupada en septiembre de 1931 ante la impotencia de la República China, mal gobernada por el partido nacionalista Kuomintang. La ocupación de esta región nororiental de China supone el mayor atentado a la seguridad internacional que representaba la Sociedad de Naciones, pero ninguno de los países miembros pasó entonces de ejercer una condena moral. 
La actitud de Japón, sin embargo, resulta paradójica, entre otras razones porque durante la década anterior había sido el más firme valedor de la Sociedad de Naciones en este extremo oriental del continente asiático, además de un modelo de democracia y liberalismo.
Pero todo había cambiado con la crisis de 1929, que afectó muy profundamente a la sociedad japonesa y terminó por radicalizar su política exterior. La alianza de los sectores industriales con la Marina Imperial japonesa y el Ejército en torno a la figura del general Araki provoca que gane terreno el ultranacionalismo y se busquen nuevos mercados para mantener el ritmo de crecimiento industrial japonés. Esta posición también se ve reforzada, como en Europa, por la consolidación de la Unión soviética tras la guerra civil. Se gesta así lo que después se llamó “La Esfera de Co Prosperidad del Gran Asia Oriental”, que no es más que el discurso ideológico con el que Japón busca legitimarse para convertirse en el núcleo y primer beneficiario de un Imperio capaz de integrar el Pacífico oriental.
Esta creciente tensión desemboca en una guerra abierta el 7 de julio de 1937, tras el incidente del Puente de Marco Polo, a unos 20 kilómetros al oeste de Pekín. Este incidente no es otro que la agresión militar de Japón al creer, “por error”, que ha sido hecho prisionero un soldado japonés de la guarnición. La guerra pone fin a los intentos de Chiang Kai – Shek por unificar el país. El avance japonés repliega al gobierno del Kuomintang hacia el interior de China al abandonar Nankin, primero a la ciudad de Wuhan y después a Chugquing. Definitivamente, en agosto, un ejército de 300.000 hombres ataca Shangai, que en noviembre cae. En menos de un año, el ejército japonés ocupa la mayor parte de la franja costera oriental de China, controlando con ello los principales centros de producción económica del país. Al régimen títere de Manchukuo se suman otras tres regiones títere también: una en torno a Mongolia Interior; y otras dos en torno a Pekín y Nankim[6].
Como en Europa por el avance del III Reich, la invasión alerta a las potencias de la zona, que reaccionan, no obstante, de forma diferente entre sí. Mientras EEUU y Gran Bretaña deciden llevar la condena de la expansión a la diletante e inoperante Sociedad de Naciones, la URSS observa con temor los progresos de Japón y, a la espera de un arreglo de paz, reconoce primero a Manchukuo y se dispone después  a fortalecer a la China de Chiang para evitar lo que se concibe como irremediable enfrentamiento con el Imperio del Sol naciente.
La verdad es que la URSS tiene miedo a un enfrentamiento abierto. Máxime cuando la alianza tripartita entre Alemania, Italia y Japón es sellada al fin y el empeño demostrado en la defensa de la República en España no evita que el norte de España caiga en manos de Franco.
El miedo, sin embargo, no inmoviliza a la Rusia soviética. Sólo le alerta. En una jugada inteligente, consigue que Mao y los comunistas chinos se alíen con los nacionalistas y refuercen las resistencias. De hecho, ésta será la base de toda su política: fortalecer a los chinos para que el escenario chino continental complique la expansión japonesa y se evite así una guerra abierta entre este Imperio y la URSS.
A la altura, sin embargo, de 1939, todo parece cambiar. En el oeste, el otro peligro que parece inminente para la URSS queda al menos postergado. Hitler y Stalin firman un pacto de no agresión que, aunque implica el estallido de otra guerra, regional, en Europa, parece llamado a evitar que la URSS y Japón se enfrenten. Y algo más importante: que la división de Polonia, a consecuencia de este pacto, se convierta en una referencia a estudiar también en el caso chino. Stalin parece querer ver que el problema de la guerra podría evitarse si, como en Polonia, China se dividiera en dos mitades y los comunistas se hicieran con el control de una de éstas. Este mismo modelo de anexión y fraccionamiento se ha resuelto con éxito también en Finlandia y, salvando las distancias, nada ha impedido que se llevara a la práctica de igual forma en la misma Francia.
Todos los esfuerzos de Stalin desde el invierno de 1939, y hasta la invasión alemana de la URSS, es llegar a ese entendimiento con Japón, aunque con una doblez en la acción política que será finalmente la responsable de la necesidad del discurso de la guerra fría. Esta aspiración, que refuerza a Mao y su discurso dentro del PCCH, no impide que la URSS siga apoyando a Chiang y ambos, nacionalistas y comunistas, cooperen en acciones conjuntas.
Es más, significa que los comunistas dejen de ser la partida de bandoleros en la que los ha convertido la inestable política interior china, para convertirse en un partido de gobierno, con un ejército propio que defiende un territorio exclusivo[7]. La invasión alemana en la URSS desbarata definitivamente el plan de Stalin de repartirse China con Japón, como Mao pretende, además, y lucha porque así sea. Pero no significa quitar ningún tipo de apoyo a los rojos chinos. Al contrario: se posterga el enfrentamiento de los dos ejércitos chinos a un momento más oportuno y, para rechazar a los japoneses, se refuerza a la vez el ejército rojo chino. Lo que significa que la invasión nazi en la Unión Soviética ha servido al final para afianzar a Mao y los suyos en un territorio, y que este afianzamiento sea reconocido y reforzado por los nacionalistas de Chiang. Los dados están sobre la mesa.
La entrada de los EEUU en la guerra del Pacífico, como en Europa, no resuelve en absoluto esta situación anterior ni equilibra ninguna balanza. La Administración americana está convencida de la bondad roja en China[8] y el conflicto en el continente le resulta beneficioso en su guerra del Pacífico, porque reclama hombres y recursos que los japoneses hubieran necesitado en Guadalcanal. Y lo mismo les sucede a los británicos que, gracias a que se complica el problema chino, son capaces de retener Birmania y mantener viva la comunicación entre las antiguas áreas coloniales británicas en la región[9].
Pero, como sucede en Europa, las alianzas formadas son coyunturales y excepcionales ante una situación excepcional muy concreta. La unión de los chinos, frágil y efímera, hace su papel y termina por contribuir a la derrota del Japón. Ese momento, que dura lo que dura la II Guerra Mundial, ha terminado. Pero no se han resuelto en uno y otro extremo del planeta los problemas que llevaron a ambos escenarios regionales a la guerra. La guerra fría no es más que el discurso que no tiene más remedio que formular EEUU cuando, después de contribuir a esa derrota de las potencias del Eje, se ve aislado como territorio ante la expansión del comunismo por la falta de respuesta del capitalismo a los graves problemas que ha demostrado como sistema en las dos décadas posteriores a la Gran Guerra.
El empleo de la bomba atómica en solitario por parte de los EEUU es un indicador contundente de que la Guerra Fría se inicia realmente en el Pacífico. Con ello, además, EEUU se cobraba la neutralidad soviética en el frente manchur y su intento de llegar a acuerdos bilaterales con Japón. Es también, desde luego, una forma de advertir a la URSS sobre los incumplimientos de los acuerdos de Yalta en Europa. O, lo que es lo mismo, una forma de decir a sus antiguos aliados que, en el Extremo Oriente asiático, EEUU no miraría hacia otro lado en caso de que los soviéticos quisieran sacar provecho de la derrota de Japón[10].
Con lo que, sin embargo, no contaba EEUU era con la fragilidad de la política china y el escaso ascendiente que su protegido tenía sobre la población. En agosto de 1945, EEUU jugó sus cartas convencido de su triunfo. Pero no sería así. En agosto la URSS invade Manchuria y le da fuelle a un movimiento marginal que terminará imponiéndose en el continente en contra de los deseos de EEUU. Y algo todavía más paradójico, a un movimiento que a la muerte de Stalin aspiraría a ser el referente internacional del comunismo y, por tanto, el otro litigante activo en esa guerra. La irresponsabilidad de la Administración Nixon al reconocer en la década de los 70 a este movimiento para acabar con una ya moribunda URSS será el impulso que necesitaba China para culminar la carrera que le situará al frente de la economía mundial en la década de 2010.
Y es que los americanos se quedaron solos en China en la lucha contra Japón. El desorden del KMT, desaconsejaba ningún tipo de colaboración, máxime cuando Chiang era a la vez consciente de lo inquebrantable de su alianza con Washington para evitar el crecimiento comunista en Asia. Pero la fanfarronería de Mao tampoco logró que los soviéticos le apoyaran. Esperaron a que Japón se debilitara cuando a la guerra le quedaban días para terminar a fin de invadir Manchuria y el norte de Corea sin ninguna complacencia incluso con los comunistas, en los que no confiaban. Por eso la guerra en China resultó tan difícil de comprender incluso a sus contemporáneos, pero sobre todo a los americanos. Chiang y Mao sabían que tendrían que verse las caras cuando la guerra terminara, por lo que todo su esfuerzo bélico se concentró en edificar una estructura política y un “ejército” leal a ésta dispuesto a intervenir sólo cuando llegara el momento. Por su parte Stalin era incapaz de abrir un nueve frente en el extremo oriental de Asia cuando reclamaba de Churchill y los aliados que en su descongestión contra Hitler le abrieran uno en el extremo occidental de Europa. Su posición a lo largo de toda la guerra fue de “neutralidad” primero e, incluso, de pacto para repartirse con los japoneses China, y de atentos y activos observadores en la frontera después. Sólo cuando llegó el momento intervinieron, con la suficiente oportunidad para encontrarse solos realmente después de que los americanos renunciaron a proseguir sus esfuerzos una vez decidieron marchar a las islas para garantizar sus posiciones y el fin de la guerra. Es precisamente por esto por lo que un mundo que poco o nada sabía de Marx y el marxismo terminó por convertirse en el espacio geográfico más vasto de triunfo del comunismo. Llegaron tarde, pero llegaron en el momento adecuado. Precisamente en el que se estaba deliberando la división del mundo.
La Guerra de Corea no es más que la demostración más concluyente de todo cuanto hasta aquí se ha dicho. Nadie la deseaba pero estalló. Los soviéticos se sintieron obligados a intervenir por temor a que los chinos provocaran una hecatombe nuclear con su irresponsable actitud provocadora hacia Taiwán; y los americanos no pudieron sino responder a lo que no dejaba de ser una provocación, después de habérselo consentido todo a los soviéticos en el continente europeo a fin de no resquebrajar aún más la ya de por sí amenazada paz. Ninguno de las dos superpotencias venció, ni el mundo se sintió más seguro una vez que se pusiera fin a las hostilidades. Pero China, sin capacitación técnica alguna, adquirió por su chantaje  la capacidad y el equipamiento para fabricar una bomba atómica y algo aún mucho más importante, el acuerdo soviético de tutorar todo su proceso de industrialización, ese mismo que terminará de concluir la administración americana cuando Nixon coja el relevo de Jruschov.
La II Guerra Mundial, como en Europa, pudo haberse evitado también, sin embargo, en el escenario del extremo oriente de Asia. Si el Imperio británico no hubiera apoyado a Japón y, en su revancha, Francia y Alemania no hubieran hecho lo mismo con Rusia, tal vez China hubiera tenido su propio desarrollo y los EEUU hubieran podido incidir en éste, como querían, con una cultura no belicista. Pero el fin del Imperio chino volvió a ser visto como una oportunidad de negocio y, en consecuencia, cada país o Imperio occidental se alineó a fin de conseguir objetivos concretos e inmediatos. Este alineamiento ensalzó a Japón (el preferido de los británicos y los americanos por su ya antigua disposición en contra del Imperio euroasiático que reivindicaba para sí tanto Rusia como la URSS) que, al final se consideró heredero de una tradición occidental que le permitía rivalizar con potencias económicas perfectamente definidas. Japón se equivocó. Creyó que Alemania doblegaría a Europa y que el Pacífico era de su absoluta incumbencia. Provocar a los EEUU fue el principio de su fin. Y el comienzo de un nuevo escenario en el que China, curiosamente, se convertiría en su rival.
Pero el final de la II Guerra Mundial no hizo sino reanimar las viejas rivalidades interiores y provocar el inicio de una guerra civil en China que terminaría por trastocar la falsa situación de estabilidad impuesta por los aliados en la región. Corea se divide en dos mientras Vietnam, enfrentada a los franceses desde la misma guerra con el apoyo americano, comienza una acción por la independencia nacional que terminará complicándose en una larga y compleja contienda de eco y trascendencia internacional contra los EEUU que afianza aún más el comunismo en la región.
A la muerte de Stalin, Mao y China son los referentes políticos en el escenario extremo oriental. El comunismo se ha extendido por Asia continental sin que los americanos hayan podido hacer nada por evitarlo. Moscú sigue conservando el liderazgo internacional, pero Mao reclama su parte frente a una estructura debilitada por la crisis y la deserción ideológica. La revolución húngara de 1956 como la checa de 1968 no hacen más que confirmar que la sociedad que se está edificando tras el telón de acero ambiciona los mismos derechos y el acceso al consumo masivo como se está logrando en el resto de occidente sin conseguirlo. Esto fortalece a Mao que viene chantajeando a los rusos desde la primera crisis del estrecho de Taiwán. A cambio de paz, reclama tecnología. Primero militar, luego nuclear y más tarde industrial. Cuando la crisis en el mundo comunista europeo sea un hecho, Mao se abrirá a EEUU, que cree utilizarla para terminar con el sueño soviético. Pero se equivocaba. Es China quien ha despertado para sorpresa de todos. Desde la década de los cincuenta no ha hecho otra cosa que preparase para ser la superpotencia que hoy está a punto de ser.
Pero el milagro chino tiene también sus sombras. Más allá de lo que se suele decir y escribir, China no puede llegar a ser la superpotencia a la que aspira por su fuerte dependencia energética del exterior, que en el fondo le hace ser débil militarmente y sin posibilidad alguna de competir con EEUU. Es verdad que, por ello precisamente, ha desarrollado una amplia y provechosa política diplomática en la que la apuesta por la paz le ha permitido abrir mercados; pero, su problema hoy es que  no puede seguir abasteciendo de productos de exportación al resto del mundo sin satisfacer las necesidades básicas en consumo, formación, sanidad y empleo de su población. Tomar conciencia de este hecho ha llevado a sus dirigentes a reorientar su desarrollo y evitar aún más cualquier enfrentamiento político en el exterior (véase en este sentido la ultima entrevista celebrada en la Casa Blanca entre los dos jefes de Estado). Es más, está significando una apertura y una modernización política inimaginable hace escasamente pocos años. No obstante, y para evitar contratiempos no deseados, no está del todo mal que  Pekín se siga preocupando porque Washington no construya una coalición antichina alrededor de su periferia, desde Japón hasta Corea del sur, a través de Taiwán, y el sudeste asiático hasta Australia, que establezca un ”arco de contención” a lo largo de la costa del Pacífico para limitar su acceso logístico a este océano.


[1] En época moderna, este es el año en que China se enfrenta por vez primera a Japón por Corea. El saldo de la guerra fue una derrota de Japón en 1598. Con esta guerra un hecho queda claro: Pekín nunca invadiría Corea pero reaccionaría contra cualquier potencia que intentara ocuparla.
[2] Taiwán se incorpora al Imperio chino en  1683.
[3] Desde 1644, esta vasta región del noreste del país se convirtió en parte del concepto central del poder de Pekín.
[4] Las relaciones sino-americanas se remontan al periodo postrevolucionario. En 1794 comienza el comercio de pieles y especias con Cantón a través de un galeón que cruza el Pacífico. Aunque los EEUU obtienen alguna ventaja de tipo comercial después de las dos guerras del opio, no tiene ninguna área de influencia en China hasta después de anexionarse Filipinas y la isla de Guam en 1898. Este hecho le llevará a dotarse de cierto protagonismo durante la rebelión de los boxers y a asumir una posición de defensa de la joven República frente a las agresiones japonesas, que se estrechan al comienzo de la guerra del Pacífico.
[5] El 4 de mayo de este año, unos 3.000 estudiantes de Beijing toman la Plaza de Tiananmen y realizan una acción de protesta. De este modo surge un nuevo movimiento nacionalista en China, que tiene por objeto la modernización del país (su occidentalización), el establecimiento de un régimen democrático, la reconstrucción de la unidad territorial y la extensión del bienestar a una mayoría de la población  inmersa en la más absoluta pobreza y analfabeta. Liderará en principio este movimiento el Dr. Sun – Yat – Sen, quien fundará el Kuomintang, organización que a la muerte de Sen (1925) encabezará Chiang Kai – Shek .
[6] En esta última ciudad, el 13 de diciembre de 1937 se desencadena una gran masacre. Véase al respecto la película ¡Nankin, Nankin! Ciudad de vida y muerte, 2008, del afamado director chino Lu Chuan.
[7] Jung Chang y Jon Halliday, Mao. La historia desconocida, Madrid, Taurus, 2006, p. 369.
[8] Los políticos americanos, desde Roosevelt a Nixon y Kissinger, fueron unos verdaderos ingenuos. Creían a ciencia cierta, los primeros, que China podría democratizarse más allá de su elevada corrupción, y los segundos que eran los aliados que los EEUU necesitaban para derrotar a la URSS. Y eso cuando la URSS iban a morir sin presiones externas. Los militares americanos en China en la II Guerra Mundial, en lugar de ingenuos podían ser calificados de prepotentes. Estaban convencidos que igual que los soviéticos eran quienes masivamente morían en la guerra contra los nazis, los chinos tendrían que ser lo mismo con relación a Japón. Y, siendo esto cierto, fue la baza por la que apostó Mao cuando pretendió liderar la Guerra Fría frente a los EEUU. A Mao nunca le importó que millones de chinos murieran con tal de conseguir él y China la mejor posición. China no hubiera podido despegar sin la Guerra Fría y esa ingenuidad de las élites políticas americanas.
[9] Max Hastings, Némesis. La derrota del Japón. 1944-1945, Barcelona, Crítica, 2008, pp. 306 y ss.
[10] Ibidem, pp. 609 y ss.

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