viernes, 12 de noviembre de 2010

FRANQUISMO Y GUERRA FRÍA

POR QUÉ GANÓ FRANCO LA GUERRA[1]




Fernando Castro de Isidro


Carlos Fuentes dijo una vez que la Guerra Civil no la ganó Franco sino México[2]. Y tal vez no le faltara razón, porque, de entre los muchos disparates y atrocidades que cometió el dictador, uno, significativo y trascendental, fue provocar la mayor pérdida de recursos humanos cualificados que se haya conocido en la historia contemporánea de este país[3]. Sin embargo, la frase de Fuentes no es más que una boutade. Efectivamente, fue Franco quien ganó la guerra, pero ¿cuáles son las razones que explican esa victoria?
Una idea generalizada, que persistió durante muchos años entre el bando derrotado, fue que Franco contó con más ayuda, mejores efectivos y más crédito exterior que la República. Los datos, sin embargo, hablan por sí solos y demuestran a las claras que tal convencimiento no es cierto[4].
Así es. La ayuda militar a la España nacionalista de Alemania no superó los 540 millones de marcos o 225 millones de dólares al cambio de 1936. De este total, 88 millones de marcos se fueron en salarios y gastos que no se le cobró a España; 124 millones sumaron las remesas entregadas directamente por Alemania, y 354 millones se gastaron en la Legión Cóndor. Las fuerzas alemanas en España se elevaron como máximo a 6.000 hombres y, con personal civil e instructores, a unos 14.000. Murieron unos 300 alemanes. La Legión Cóndor estaba constituida por unos 5.000 hombres. El coronel Thoma dijo en 1945 a los americanos, que había tomado parte en unas 192 acciones de tanques. Estos tanques Panzer Mark I se enfrentaron, aunque no muy eficazmente, a los rusos. El total de Panzer enviados a España fue de unos 120. Los envíos alemanes se efectuaron en 180 viajes diferentes. Los alemanes enviaron unos 600 aviones, entre los Messersmictt 190, Heinkel 51, Heinkel 111 y Junkers 52, y los famosos cañones Krupp de 88 milímetros.
Las fuerzas italianas en España sumaron entre 40.000 y 50.000 hombres, llegando quizás a pasar en conjunto por este país unos 75.000 italianos como mucho. Murieron más de 4.000, y además Italia llegó a perder tal vez una cuarta parte del equipo militar que fue enviado. Este equipo estuvo compuesto por unos 760 aviones, de los cuales los más importantes fueron los 376 cazas Fiat CR32 y los 100 Savoia 79. También llegaron 80 Savoia 81, aunque un poco más tarde, junto con los poco más de 150 tanques italianos, todos Fiat-Ansaldo, muy bien armados. Los italianos enviaron por lo menos unas 800 piezas de artillería, 1.400 motores de avión, 1.672 toneladas de bombas, 9 millones de cartuchos, 10.000 ametralladoras y armas automáticas, 24.000 fusiles, 7 millones de balas de artillería y 7.600 vehículos. Según cálculos de Italia, sus pilotos volaron 135.500 horas a lo largo de toda la contienda, participaron en 5.800 bombardeos aéreos, alcanzaron 224 barcos y entablaron 266 combates aéreos en los que derribaron más de 900 aviones. También tomaron parte en el conflicto 91 barcos de guerra y submarinos italianos, que se cree hundieron barcos de la República por un total de 72.800 toneladas. Los italianos aportaron igualmente al Ejército nacionalista expertos en radiotransmición, 2 hospitales militares con 100 camas cada uno, otros menores y 3 trenes hospital.
Otro país que colaboró con Franco fue Portugal, aunque por su vecindad es difícil de calcular en qué consistió y cuánta fue su ayuda. Varios miles de portugueses lucharon en el Tercio y en otras unidades de choque; 600 irlandeses católicos lucharon con los nacionalistas dirigidos por el general O´Duffy. Algunos franceses de derechas se enrolaron en los requetés vascos y en la Legión, sirviendo a las órdenes del coronel Courcier. Del lado de Franco hubo también sudamericanos y rusos blancos exiliados. Todos los efectivos extranjeros que engrosaron el ejército nacionalista sumarían entre 60.000 y 75.000 combatientes, y tuvieron un papel destacado en los primeros días de la contienda.
La República por su parte compró un máximo de 1.000 aviones a Rusia y quizás 400 a otros países, principalmente a Francia. De éstos, 400 eran cazas Chatos, 300 Moscas y 100 bombarderos Katiuska, 60 Rasantes y 113 bombarderos Natasha. Los principales aviones comprados a Francia fueron 42 Dewoitine 371, 40 Poetz 54 y 15 Macel Bocha 10. También estaban los 40 aviones Aero 101, 10 Letov, 14 Vultee A1, 11 Bristol Bulldog, 20 Havilland Dragon, 28 Koolhover y 40 Gruman comprados a EEUU. México envió 20.000 fusiles, 28 millones de cartuchos y 8 baterías, camiones y aviones.
Entre 1936 y 1938 Rusia envió, en unos 165 barcos (71 españoles, 39 ingleses, 34 rusos, 17 griegos y 4 de otros países), unos 242 aviones, 703 cañones, 27 cañones antiaéreos, 731 tanques de guerra, 1.386 camiones, 69.300 toneladas de material bélico y 29.215 toneladas de munición, así como: 920 oficiales y hombres, 28.000 toneladas de gasolina y 32.000 de petróleo, 4.650 toneladas de lubricantes, 450 toneladas de ropa, 325 toneladas de medicina, 100 fusiles ametralladora, 500 obuses y 187 tractores.
Los cálculos nacionalistas indican que entre 1936 y 1938 entraron a la República por tierra 200 cañones, 200 tanques, 3.247 ametralladoras, 4.000 camiones y 47 unidades de artillería, 4.565 toneladas de municiones, 9.579 vehículos y 14.890 toneladas de combustible. Esta ayuda fue complementada más adelante.
El número total de extranjeros que luchó por la legalidad constituida fue de unos 60.000 hombres, siendo la mayoría de las famosas Brigadas Internacionales, aunque sólo 18.000 combatientes prestaron servicio al mismo tiempo. A éstos hay que sumar también 10.000 extranjeros entre médicos y enfermeras. El mayor grupo de extranjeros voluntarios que lucharon a favor de la República fueron los franceses (15.000), de los que murieron 1.000. Alemania y Austria aportaron 5.000 voluntarios; polacos y ucranianos fueron unos 5.000; estadounidenses, 2.800; 2.000 fueron ingleses (que tuvieron el porcentaje más alto de bajas, 1.200), 100 canadienses, 1.500 yugoslavos, 1.000 húngaros, 1.500 checos, 200 suizos, procediendo los demás voluntarios de más de 53 países. Cabe consignar que Rusia colaboró también con 1.000 pilotos.
Si se comparan los datos, es fácil comprobar que cuantitativamente los suministros extranjeros a los dos bandos fueron iguales, como fue igual la cifra de voluntarios internacionales que recibieron ambos. Tal vez, la ayuda material recibida por la República fue superior pero de un calibre tan dispar que en lugar de ayudarla la perjudicó y no hizo prevalecer esa mayor cantidad. Esta ayuda material en ningún caso fue, además, gratuita. Nacionalistas y republicanos tuvieron que comprarla o en el mercado internacional o a los Estados de los países aliados. La República española poseía una de las reservas más importantes de Europa en oro y divisas en 1936. Esta ventaja de partida debería haberse convertido en una fortaleza a gestionar para sofocar la rebelión y lograr la victoria definitiva. Pero la fortaleza terminó convirtiéndose en una debilidad, porque al disponer de abundante efectivo no escatimaron en gastos ni tuvieron necesidad alguna de tener que mejorar en eficiencia para granjearse un crédito exterior. Todo lo contrario a lo que se vieron abocados a hacer los rebeldes, por lo que su eficacia, en definitiva, logró finalmente ser mayor. Ahora bien, tampoco ésta es razón suficiente para explicar el triunfo del dictador. Las razones son muy otras, y hay que buscarlas en ese escenario que se empieza a dibujar en Europa en 1938 y que, finalmente, consagrará la cumbre de Yalta meses antes de que concluyera la II Guerra Mundial.

***

El último capítulo de la contienda civil se inicia el 4 de marzo de 1939[5]. El coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, declara inconstitucional el gobierno de Negrín y anuncia la formación de un Consejo Nacional de Defensa, cuya única tarea es negociar la rendición con Franco. La República ocupa todavía un 30 por 100 del territorio nacional, y su gobierno sabe que la única posibilidad de continuar es resistir hasta que el conflicto español se complique con el europeo. Los elementos leales al gobierno no reconocen la autoridad de Casado, y se inicia entonces otra verdadera guerra civil en el territorio peninsular no ocupado aún por los nacionalistas.
Más allá de la legitimidad de este golpe, de la misma naturaleza, sin embargo, que el protagonizado por Franco y Mola el 18 de julio de 1936[6], y de la fractura que termina de socavar entre las fuerzas republicanas, lo que más llama la atención es el conocimiento que del mismo tenía la Embajada británica en España, hasta el extremo que los partidos leales al gobierno tuvieran la convicción de que Inglaterra estaba detrás[7]. Y todo apunta a pensar que no estaban muy confundidos. Pues no es sólo que el Daily Telegraph publicara el 7 de marzo que Londres sabía que Casado y Besteiro estaban preparando un golpe de Estado: es que incluso publicaba que el mismo gobierno tenía conocimiento de que antes del golpe ambos dirigentes republicanos ya habían mantenido conversaciones con representantes de Franco. Pero es más, según recoge Hartmut Heine[8], existe un informe anterior de la Embajada en Madrid al Ministerio de Asuntos Exteriores en Londres en el que queda claro que la legación británica ha mediado con el presidente de la República para que cesara a Negrín de su cargo y encargara el gobierno a Besteiro para abordar conversaciones de paz con representantes del gobierno de Burgos.
Nadie puede discutir que la intención de Casado y Besteiro tenga un origen humanitario[9] dado la sangría que se estaba produciendo en Madrid después de la caída de Cataluña. Pero nadie tampoco puede dudar que negociar la paz en esa situación era, además de un suicidio[10], una abdicación en toda regla y una renuncia manifiesta a aprovechar la única oportunidad que le quedaba al gobierno constitucional de ganar la guerra[11]. Prolongar, en efecto, la resistencia en Madrid hasta que la contienda en España se complicara con la europea, que con toda certeza no podía tardar mucho en comenzar según preveía Jiménez de Asúa, embajador en Praga, confidente secreto de Negrín y atento observador de cómo Hitler preparaba la ocupación de Bohemia y Moldavia que se llevó a cabo tan solo once días después, era la esperanza que abortaron el militar y el catedrático, y que en todo momento alentó Londres a fin de evitar precisamente que estallara esa guerra[12].
Porque aquel mes de marzo de 1939 fue tal vez el más comprometido de todos cuantos antecedieron al conflicto internacional. Nadie quería provocar a la que por todos era percibida, desde el Pacto de Munich sellado un año atrás, como la única potencia europea. Inglaterra y Francia, horrorizadas por la exhibición de poder demostrado por Alemania en la crisis checoslovaca, eran firmes partidarias de evitar cualquier pretexto para que la guerra estallara en Europa, y sobre todo en Europa occidental. Su actitud no fue otra que cerrar los ojos ante las sucesivas violaciones alemanas del acuerdo de Munich y considerar que debería ser el oso soviético quien pusiera freno a los afanes expansionistas alemanes. Pero la patria del socialismo de Estado no tenía ningún interés de combatir en soledad contra el que día a día se convertía más en su rival natural y, antes que hacer el juego a los dos viejos imperios occidentales, llegó a un acuerdo con Hitler que terminó por precipitar la situación en el sentido precisamente que el Reino Unido quiso evitar con su estrategia de no beligerancia.
Era ya tarde, sin embargo, para la defensa de la legalidad republicana en España. La madrugada del 23 de agosto, ante la atenta mirada de Stalin, el Ministro de Asuntos Exteriores del III Reich, Joachim von Ribbentrop, y el Comisario soviético de Asuntos Exteriores, Viacheslav Molótov, firmaron el pacto germano - soviético de no agresión, que incluía un protocolo secreto adicional por el que se creaban distintas áreas de influencia en Europa central y oriental que beneficiaban las inmediatas intenciones internacionales de ambas potencias. A las cinco menos cuarto de la mañana del primero de septiembre de ese mismo año de 1939, sin previa declaración de guerra, Hitler invadía Polonia, provocando el inicio del conflicto que Jiménez de Asúa esperó como inminente tan sólo cinco meses antes.
Ahora bien, con ser esto importante no es la única razón que explica el triunfo definitivo de Franco. El último parte de guerra firmado por el dictador tenía fecha de primero de abril, y a poco que se reorganizaran las instituciones republicanas en el exilio y reorganizaran a la vez sus cuerpos de Ejército, la contienda podía retomarse e inclinarse la victoria del lado contrario. No fue así, sin embargo. La élite republicana, dividida y enfrentada, jugó mal sus cartas y, en su recíproco y obstinado ninguneo, terminó por provocar la deslegitimación internacional de la República española que justificó la inclinación de las potencias occidentales del lado de Franco.
Todo había comenzado al menos un año atrás. Prieto, aunque apoyó en la crisis de 1937 el abandono de Largo Caballero del gobierno, se convirtió en el aglutinante de todos los sectores que recelaban de Negrín desde los meses inmediatamente posteriores a su ascenso. Las consecutivas derrotas republicanas y el consecuente hundimiento militar de los frentes aragoneses provocan la reorganización completa del dispositivo de defensa de la República y la salida del gobierno del líder moderado socialista en beneficio del presidente, que se hace con la cartera de Defensa que Prieto había ostentado hasta entonces. Milagrosamente, y en contra de la opinión de Prieto, la República resiste, haciéndose con ello más poderosa la presencia comunista en el Ejército y en el mismo gobierno. Negrín no se bolcheviza, como sostienen algunos. Pero sí permite que los grupos políticos que le apoyan y obran el milagro avancen posiciones. Ni Prieto ni el resto de los líderes republicanos tienen nada que objetar mientras prosiguen los éxitos y Franco no avanza. Pero la derrota final en el frente del Ebro, el 15 de noviembre de 1938, y la ofensiva en Cataluña, algo más de un mes después, desmoraliza a la retaguardia y el primer anticipado exilio hasta provocar la desconfianza de los sectores más moderados en el acierto de la política de Negrín.
Los acontecimientos se precipitan. Manuel Azaña, exiliado ya en Francia, se dirige el 27 de febrero de 1939 al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrios, para comunicarle su dimisión como presidente de la República. Fundamenta esta decisión en el hecho de que el jefe del alto Estado Mayor, esto es, el general Vicente Rojo, le había notificado, en presencia del doctor Negrín, que la guerra estaba perdida y poco era lo que se podía hacer salvo negociar la paz sobre una base humanitaria, misión que le confía a Negrín después de reconocer que él mismo ya había realizado gestiones en este sentido.
Esta decisión de Azaña no se ha puesto en valor posiblemente lo suficiente. Pero resulta que con la dimisión del jefe del Estado una parte muy importante de la legitimidad institucional de la República española es puesta en tela de juicio internacionalmente, lo que provoca que su posición se debilite frente a la de Franco.
Desde el acuerdo de Munich, las democracias occidentales habían condenado a la República a su suerte, pero después de la dimisión de Azaña, y acaso por ello precisamente, ya no había otra solución para evitar el conflicto europeo que se veía en ciernes que poner punto final a la guerra en España y reconocer al nuevo Estado franquista. Por lo menos a los ojos de Inglaterra, que envía embajador a Burgos a la vez que la toma de Tarragona abre a las fuerzas nacionalistas la posibilidad de ocupar Cataluña.
 Tampoco favoreció en nada a la República española que el sucesor natural de Azaña, Martínez Barrios, no estuviera siquiera dispuesto a aceptar el cargo interinamente los treinta y ocho días que preveía la Constitución. Y muchos menos que, entre bastidores, Prieto organizara a todos los partidos políticos integrantes del Frente Popular, con la exclusión del comunista, para declarar disuelto el gobierno republicano por un instrumento incapacitado legalmente para ello[13], como era la Diputación Permanente, toda vez que el golpe de Estado de Casado ya se había dado y Franco había decretado, después de la toma de Madrid, el final de la contienda. Cuando más unidos debían haber demostrado que estaban los partidos que sustentaban a la República mayor se hizo la brecha que les separaba desde la crisis de mayo de 1937. Y los ya atomizados partidos políticos en el exterior empezaron a decidir sus estrategias en función de sus rivalidades internas y las orientaciones políticas sugeridas por los servicios de inteligencia de los diferentes países en los que se establecían sus líderes[14].
En este contexto de división y crispación, resulta obvio que Inglaterra jugó de manera inteligente y usó en su propio beneficio los planteamientos defendidos por Prieto frente a Negrín y los comunistas. Inglaterra no quería una República española aliada de la Unión Soviética que complicara el futuro de Europa al final de la guerra que estaba en puertas[15]. Y, en consecuencia,  dejó acercarse a Prieto y le escuchó, a la vez que alentaba a Casado, verdadero deus ex machina de la Alianza Democrática Española, junto al conservador Salvador de Madariaga[16], en su deseo de constituirse en gobierno alternativo al que presidía el socialista canario. Pero menos aún deseaba que Franco sintiera deseos de saldar su deuda moral con Alemania y participara a su lado en la contienda o convirtiera el territorio español en escenario de guerra. Entre otros motivos, porque la ocupación alemana del territorio español o la declaración formal de guerra a Inglaterra por parte de España pondría en peligro Gibraltar y con ello la posición británica en el Mediterráneo occidental[17]. Pero es más: Inglaterra era consciente de que, si al final Franco se decantaba por participar en la contienda, no habría razón alguna para evitar una intervención internacional contra el nuevo dictador español y, en consecuencia, reforzar en el poder a la única organización que se pretendía excluir con toda esta estrategia. Aún la guerra en Europa no había estallado, ni mucho menos el desembarco de Normandía había abierto el camino a lo que después sería la compleja gestión política internacional que impuso la Guerra Fría. Pero los errores del vértice republicano y la deslegitimación internacional de la República coadyuvaron a que Inglaterra se erigiera en el prescriptor del exilio republicano español anticomunista y a que Franco no tuviera necesidad de condicionar la paz para ganar la guerra. Pero para algo más también. Para que el dictador se perpetuara en el poder con sólo aprovecharse de la posición estratégica de España en el nuevo escenario internacional.
La II Guerra Mundial en Europa fue ante todo una guerra de Alemania contra Rusia[18]. Inglaterra quiso evitarla porque nunca supo bien cuál de las dos potencias era realmente su adversario. Si al final entra en guerra contra Alemania es porque los soviéticos se han aliado con los alemanes y éstos han invadido, con total impunidad, Polonia mientras sus aliados italianos han ocupado Albania, quedando su posición muy comprometida tanto en Centroeuropa como en el Mediterráneo. Pero incluso en ese mismo instante Inglaterra no tiene claro que en algún momento de la contienda deba aliarse con los soviéticos para ganar la guerra. Entre otros motivos, porque lo que representa la URSS es precisamente lo que hay que abatir y ha confiado de alguna manera durante buena parte de la década de los treinta que debía ser Alemania quien hiciera esta tarea.
De hecho, la II Guerra Mundial en Europa no la ganan los ingleses, ni siquiera los americanos. Son los soviéticos los primeros que llegan a Berlín, los que más debilitan a Alemania en el frente oriental y los que más territorio les arrebatan. Por eso el final de la II Guerra Mundial en Europa provoca extrañas alianzas. Una vez superada la amenaza alemana, Europa occidental, de la mano de EEUU, mira como adversario al que siempre lo ha sido desde el triunfo de la revolución bolchevique y rehabilita a las dos naciones que primeramente se enfrentaron a la URSS; a saber,  Alemania e Italia. Pero es más: abandona a su suerte precisamente al país occidental que Inglaterra consintió fuera destruido cuando el acuerdo de Munich, Checoslovaquia, y a todas aquellas dictaduras del Mediterráneo oriental que en la década de los treinta se alinearon con Alemania por su oposición a la URSS. Lo que a todas luces demuestra que las razones últimas de esta guerra son otras muy distintas a las que nos han hecho creer el cine y la literatura bélica de posguerra y que, incluso, lo que después será la Guerra Fría ya está de alguna manera definido antes de que se inicie ésta. España es un buen ejemplo de ello, pero también lo son las antiguas repúblicas de Yugoslavia y Checoslovaquia. Por eso que a Franco no le resultara tan difícil atraerse hacia su régimen a las dos potencias europeas occidentales enfrentadas en el conflicto internacional, y que fuera vital para este menester contar con buenos y leales embajadores al frente de sus legaciones en Francia, Alemania e Inglaterra.
Pero a favor de la victoria de Franco también jugó otro factor fundamental. Después del acuerdo de Munich, España deja de ser el centro de atención internacional que había sido en los últimos tres años, por lo que el dictador tiene más libertad para actuar[19]. La guerra en España había concluido, según el último parte de guerra firmado por Franco, la tarde noche del primero de abril de 1939. Sin embargo, el nuevo poder establecido se comportó como si ésta se hubiera prorrogado indefinidamente[20]. Pese a la traición de Casado y Besteiro, la rendición se impuso sin condiciones como lo exigió el dictador. Nada se lo impedía, porque la República no disponía de apoyos exteriores y su mismo gobierno había sido declarado anticonstitucional por una Junta militar que carecía de legitimidad entre un número considerable de combatientes. Pero también porque los medios de comunicación internacionales tenían sus ojos puestos en Centroeuropa y el posible pacto a firmar entre las dos superpotencias europeas que se habían enfrentado durante los tres últimos años en España. No le costó nada a Franco llevar a cabo una dura represión inmediatamente después de la rendición republicana. Las democracias occidentales no dijeron nada. Miraron hacia otro lado e hicieron oídos sordos ante todo lo que pasaba. Las airadas voces comunistas del exterior se acallaron pronto a consecuencia del pacto germano - soviético. Es evidente que la subsistencia del nuevo régimen iba a resultar del equilibrio entre los diferentes intereses de las potencias occidentales en conflicto.
En vísperas de la II Guerra Mundial, ningún Estado europeo podía ayudar a Franco porque aún no había iniciado siquiera la reconstrucción del país[21]. Ahora bien, a ninguno de los bandos occidentales beligerantes le interesaba perder su amistad, sobre todo por el significativo e importante valor geoestratégico del territorio español.
El sueño de Serrano Suñer y Falange era entrar en la guerra de la mano de Alemania. El victorioso movimiento nacional había ganado una guerra que era preludio de otra más importante en la que no podía estar ausente. Es más, un sector influyente de ese mismo movimiento consideraba que había llegado el momento, ante la debilidad de Francia e Inglaterra, de que España se resarciera de su pretérita pérdida de peso internacional y recuperara el control sobre diversas plazas reivindicadas con una evidente frágil legitimidad.
Franco, fervoroso defensor de esta política, encargó a su cuñado el Ministerio de Asuntos Exteriores a fin de reforzar su vínculo con Alemania y participar activamente en la guerra. Pero el sobrecoste económico y militar que le suponía al III Reich mantener esta alianza, la hizo desaconsejable a los ojos de Hitler, por lo que se terminó descartando para el regocijo de Inglaterra y la frustración de Franco. Para Alemania era preferible contar con una nación neutral favorable que le suministrara materias primas, diera abrigo a su flota, le permitiera penetrar en Iberoamérica, relacionarse con el emergente nacionalismo árabe y conspirar en su propio territorio contra las potencias rivales[22]. Esa fue la posición que se le encargó que jugara España en el primer momento de la contienda. Y Franco, obediente, declaró la neutralidad del país y su régimen. Ahora bien, como decía un editorial de Arriba, “si alguien, por ahí, se figura que nuestra neutralidad quiere decir constitución de una especie de Suiza mental, oficial y oficiosa, en el Estado y la Falange, o una conciencia híbrida y eunucoide enturbiada por la impotencia, de niebla y lágrimas, no conoce al Estado que ha nacido como Estado heroico y militar”[23].
Pero Franco no ceja en su empeño. La guerra relámpago de Hitler es un éxito. Alemania ocupa la Francia de Petain y sitia a la vez Leningrado después de atacar Moscú. España abandona su primera neutralidad para adoptar el estatus de país no beligerante[24], el mismo que tuvo Italia antes de su entrada formal en la guerra. Es el momento de mayor exaltación de las relaciones hispano - germánicas; el tiempo en que Franco envía la División Azul al frente ruso y deja exhibirse a Falange por las calles porque cree que la victoria del III Reich es inminente[25].
Franco sueña con la idea de arrebatar a Francia el norte de África. Coincidiendo con la declaración de no beligerancia[26], entra en Tánger y se dispone a la aventura de penetrar en el área colonial francesa en Marruecos para saltar después a Argelia desde El Rif. El sueño jamás se materializa.
Franco aspira también al Rosellón, territorio situado al norte de los Pirineos, ya en Francia (entonces en la de Vichy); y a Gibraltar. Y así se lo hace exponer a los alemanes en varias conversaciones que, sin embargo, no fructifican. La resistencia impuesta por Inglaterra a Alemania, y la incapacidad de aquélla a dejarse someter con la celeridad que lo había hecho el continente, imponen a Alemania un cambio de estrategia que le lleva primero a postergar la primitiva idea de invasión insular y después a concentrarse en los territorios del norte de África y penetrar en Egipto. Por lo que el proyecto barajado, supuestamente al principio de la guerra, de integrar a España en el Eje para ocupar el norte de África, El Rosellón y Gibraltar se desecha.
Franco en todos estos cambios de estrategia es mera comparsa, sin capacidad de decisión. Y esta debilidad en su posición no cambia con la caída del III Reich.
Tres mil guerrilleros a las órdenes del coronel Vicente López Tovar, jefe de la XV División, esperan en el sur de Francia una orden para cruzar la frontera y reanudar la guerra en España. El valle de Arán, en el Pirineo de Lérida, será el escenario elegido por la Agrupación de Guerrilleros Españoles el 21 de septiembre de 1944 para el inicio de esta nueva fase de la contienda[27]. Franco ordena al teniente general Rafael García Valiño, Jefe del Estado Mayor Central del Ejército, la defensa. Los guerrilleros republicanos están confiados. Acaban de liberar París y son incapaces de sospechar que son enviados a un matadero con el único propósito de hacer mártires y ganar prestigio internacional para la Unión Nacional Española, una organización constituida por el PCE para rivalizar con los socialistas de Prieto y Casado. Pero la ausencia precisamente de unidad en las filas republicanas, el descrédito y deslegitimación del gobierno de la República y el comienzo de la Guerra Fría aconsejan a los aliados, con Churchill y Roosevelt a la cabeza, no inmiscuirse en los asuntos españoles y dejar que Franco, al que han felicitado por retirar la División Azul de los campos rusos, haga y deshaga a su antojo sin oponer ninguna resistencia. Es el fin definitivo de la causa republicana. El general García Valiño une a las fuerzas que ya estaban instaladas en la zona 40.000 soldados más. Nada se puede hacer. El 25 de octubre la reestructurada 204 División abandona el valle pirenaico, y con ello España cualquier esperanza de recuperar su democracia.
Antes, incluso, de que se produjera esta absurda incursión de los guerrilleros republicanos en España ya había habido aproximaciones entre los gobiernos de Franco y los aliados. Aunque todavía no se conoce bien este capítulo de la historia de la II Guerra Mundial, resulta obvio que los ingleses primero eligen desembarcar en las costas de África y no en España y los americanos después prefieren Sicilia a la Península Ibérica, porque no quieren desestabilizar un régimen que luego les puede ser útil para poner freno a la expansión comunista en Europa. En esas aproximaciones y primeras conversaciones con los aliados, Franco comienza a ceder. Primero retira a Serrano Suñer de la cartera de Exteriores. Luego despedirá a Ridruejo y Tovar (este último el intérprete de Franco en Hendaya con Hitler, y uno de los intelectuales falangistas con mayor ascendiente), para dedicarse después a traicionar a directos colaboradores exteriores que le piden protección en su huida de Francia, como Pierre Laval y Maurrás, a los que entrega[28]. Incluso declina su viejo sueño imperial y ordena la retirada de las tropas de Tánger el 18 de septiembre de 1945, dieciséis días después de que Japón firme la rendición incondicional.
 Franco en ningún momento ha llevado la iniciativa; se ha limitado a sacar provecho de la favorable situación estratégica de España sin arriesgar nada. Un sueño de libertad fue quedando enterrado en las cunetas de los caminos conforme los ejércitos nacionalistas proseguían su marcha hacia Madrid durante la Guerra Civil. Pero la mayoría de los republicanos del exterior, y muchos españoles del interior, esperaron que, después de la liberación de París y Berlín, le tocaría el turno a Madrid. No fue así. La II Guerra Mundial resultó inconclusa, dio paso a la Guerra Fría y ésta consolidó el régimen cuartelario y de sacristía que Franco había instaurado para toda España el primero de abril de 1939.
El fin de las hostilidades y el apoyo tácito recibido de las democracias occidentales le otorgó también a Franco la oportunidad de acabar con la oposición en el interior del país mediante una dura represión sin precedentes en la historia de España. Las cárceles se abarrotan al principio y al final de la dictadura. Y al principio como al final, la dictadura ejecuta a los disidentes cuando no les asesina a sangre fría en los calabozos y sótanos de las comisarías. A lo largo de más de treinta y seis años no hay tregua alguna. El Ejército, que se hace con el poder político tras el fin de la Guerra Civil, ocupa España como si se tratara de un país extranjero y trata a los disidentes como si no fueran españoles.
El franquismo se consolida entre 1945 y 1956. A partir de 1952 comienza su apertura al exterior mediante la firma de nuevos tratados y alianzas que le vinculan definitivamente al bloque occidental. Toda una generación de opositores del interior al régimen ha sido o represaliada o silenciada a base de ejercer contra ella el terror. Por si esto fuera poco además, la consolidación del régimen la desilusiona, lo que explica el ambiente de desesperanza en la que queda sumida en estos años y en los inmediatamente posteriores. Habrá que esperar a la década de los sesenta para que otra nueva generación, que no ha conocido ni la República ni la guerra, se enfrente al sistema con la suficiente juventud y confianza en sí misma como para poder sobrevivirle y reinstaurar la democracia en España. Una generación que en muchos casos está conformada por descendientes directos de aquella que fue represaliada, pero que en muchos otros también la integran los hijos políticos de aquellos represores que se han decepcionado con el régimen.
La Guerra Fría no sólo le permitió a Franco ganar la guerra y destruir la democracia. Provocó además que a España se le hurtara la memoria de su pasado más reciente y reconstruyera después esta democracia desde un olvido consciente. España ha confundido en estos últimos treinta años el perdón con el olvido. Ahora que los españoles hemos sido capaces de reconciliarnos, lo que nos resta es ejercer la memoria para recuperarnos de las heridas del olvido.







[1] Una versión de este artículo ha sido publicado por la revista Romanica  Olomucensia  22.1  (2010):  17–26.
[2] Discurso de aceptación del Premio Cervantes, Alcalá de Henares, 1987. Lo recoge también el Presidente de la Generalitat de Cataluña en la conferencia Elogio de la hospitalidad, pronunciada en el marco de la Cátedra Julio Cortazar, Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, México, 26 de noviembre de 2004.
[3] En total, unos 450.000 exiliados abandonaron España desde finales de 1938 hasta marzo del año siguiente. Aunque algunos de estos exiliados retornaron a lo largo de la dictadura, la gran mayoría no lo hizo. La población que emigró era joven  e incluía a gran parte de los sectores mejor preparados del país. La élite intelectual y profesional española encontró refugio sobre todo en México gracias a las gestiones del presidente Cárdenes.
[4] Toda la información recogida a continuación ha sido tomada de Ramón Salas Larrazábal, Historia del Ejército Popular de la República, Madrid, Editora Nacional, 4 Vols. Madrid 1973.
[5] La secuencia de los hechos es de sobra conocido, por lo que sólo referenciaré los juicios de valor o las opiniones vertidas por los diferentes especialistas que han abordado su estudio.
[6] Paul Preston dice literalmente en Franco, caudillo de España, “la revuelta de Casado contra el gobierno republicano prendió lo que en la práctica era una segunda guerra civil dentro de la zona republicana”, Barcelona, Grijalbo, 1994, p. 399.
[7] H. Thomas, The Spanish civil war, Londres, 1971, p. 735
[8] Hartmut Heine, La oposición política al franquismo, Barcelona, Crítica, 1983, pp. 26-27.
[9] Gabriel Jackson, La República española y la guerra civil, 1981, p. 405. Paul Preston, op. cit., p. 398
[10] El 13 de febrero de 1939 se hizo pública la Ley de Responsabilidades Políticas, por la que los partidarios de la República eran declarados culpables del crimen de respaldar a un régimen ilegítimo. La Ley era retrospectiva hasta octubre de 1934 y entre sus cláusulas omnímodas incluía la “pasividad grave”. Es incuestionable que era el primer paso en el proceso de institucionalización de la represión masiva, lo que reduce al absurdo las buenas intenciones de Casado.
[11] Ricardo de La Cierva, Historia básica de la España actual (1800 – 1980), Barcelona, Planeta, 1981, p. 461
[12] Williamson Murria, The Change in the European Balance of Power, 1938 – 1939, Princeton, 1984, pp. 195 – 274. Donald Cameron Watt, How War Came: The immediate Origins of the Second World War 1938 -1939, Londres, 1989, pp. 27 – 29
[13] Harmut Heine, op.cit., p. 30
[14] Secundino Serrano, La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939 – 1945), Madrid, Aguilar, 2005, pp. 122 y ss.
[15] Pierre Broue y Emile Temine, La revolución y la guerra de España, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, Tomo II, p. 275.
[16] Hartmut Heine, op. cit., p. 34
[17] Paul Preston, op. cit., pp. 442 - 443
[18] Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX, Barcelona, Crítica, 2003. Véase también el capítulo de mi libro Días de cambio, “Ninguna guerra es justa”, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2005.
[19] Gabriel Jackson, Juan Negrín. Médico, socialista y Jefe del Gobierno de la II República española, Barcelona, Crítica, 2008, p. 273.
[20] Finalizada la Guerra Civil, Franco procedió a una desmovilización selectiva. Mantuvo en activo, a los 150.000 voluntarios que habían combatido a su lado. Licenció todos los reemplazos antes movilizados para dejar en filas sólo las quintas comprendidas entre 1938 y 1941 que totalizaban 345.000 hombres. Ofreció a los Alféreces Provisionales el pase a las estructuras profesionales del Ejército. Y así logró constituir un bloque de 600.000 hombres perfectamente encuadrados y bien dotados de armamento y material utilizado en la Guerra Civil, con gran capacidad defensiva pero muy limitada para la ofensiva al escasear los medios de transporte y los carburantes. El despliegue del voluminoso instrumento militar se realizó atendiendo a la ocupación de todo el territorio nacional y las colonias en el norte de África. Las Fuerzas de Marina y Aire ocuparon sus bases habituales y el Ejército de Tierra se organizó en diez Cuerpos de Ejército con veinticuatro Divisiones de infantería normales y una de caballería. El dispositivo terrestre contaba además con cuatro Cuerpos de Ejército en el territorio del Protectorado marroquí, convertido en una sólida pantalla defensiva; cada una de las islas principales de los archipiélagos se cubrió con efectivos tipo Regimiento capaces de efectuar defensas temporales hasta la llegada de refuerzos; y en la Península, cada vía natural de penetración fue cerrada por un Cuerpo de Ejército respaldado por segundas líneas organizadas y por las Reservas desplegadas en la Región Central para reaccionar hacia cualquier zona amenazada.
[21] Lo único que por el momento había hecho el gobierno fue crear la Dirección General de Regiones Devastadas.
[22] Paul Preston, op. cit. p. 445.
[23] Arriba, 24 de mayo de 1940.
[24] La declaración de no beligerancia es de 12 de junio de 1940. El 3 de junio de 1940 Franco envía una carta a Hitler donde le dice estar dispuesto a prestarle en cualquier momento los servicios que considere más necesarios.
[25] Tras la derrota alemana, el franquismo construirá el mito de la neutralidad y del patriotismo de Franco al decirle no a Hitler en Hendaya. Pero el deseo, tanto de Franco como de Serrano Suñer, de entrar en guerra a favor de Alemania queda claro en el que fue el libro más famoso de su época, Entre Hendaya y Gibraltar, de José María de Areilza y Fernando Castiella (1941).
[26] 14 de junio de 1940.
[27] Secundino Serrano, op. cit., pp. 528 - 539
[28] Eduardo Haro Tecglen, “Así éramos en los años cuarenta”, El País Semanal, 5 – 6 – 1994. 

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