martes, 9 de febrero de 2016

EL CINCEL DE LA HISTORIA


Fernando Castro de Isidro

1. La decisión. Rajoy debe dimitir como presidente del PP y candidato a la presidencia del gobierno de España. Debe dar un paso al lado y dejar que el PP inicie un proceso de refundación y recambio de sus  élites que le permita volver a ser el partido referente de la política reformista en España.

2. El contexto. Es cierto que el PP ha sido la fuerza política más votada en las últimas elecciones generales y que Mariano Rajoy ha sido el candidato a la presidencia del gobierno que más votos ha recibido. Pero no es menos cierto que el PP, incluso después de este acontecimiento, sigue siendo el partido sobre el que recaen los mayores casos de corrupción. El PP en Valencia se desmorona; la dirección de Génova está más que tocada con el caso Bárcenas, etc. Se puede decir también sin exagerar que el PSOE sigue siendo centro de investigaciones en Castilla - La Mancha y Andalucía, pero a diferencia del PP, todas ellas son sobre casos anteriores al 20 D. El PSOE no tiene, además, ninguna Rita Barberá, que se resista a ser investigada gracias a su aforamiento en el Senado.

3. De aquellos polvos estos lodos. Pero es más, Rajoy sabe que en esta Legislatura no va a ser capaz de lograr ningún apoyo en la Cámara. Entre otras razones, por la prepotencia demostrada en la pasada y su desprecio a hablar siquiera con la oposición. Y así es imposible que pueda resultar viable su candidatura a la presidencia del gobierno. Por eso no hay tactismo en su silencio ni mucho menos en su negativa a aceptar el ofrecimiento del rey. Lo único que hay es obstinación, cabezonería, sin pensar siquiera que con ello a quien sobre todo debilita es a la institución de la Corona.


4. Generosidad. El centro derecha reformista es necesario y tiene un amplio espacio político en la actual democracia española, incluso a pesar de muchos de sus líderes actuales. La crisis actual se puede prolongar y alargar así la agonía y el debilitamiento de las ideas que representa. A lo largo de la historia de España, en momentos como éstos, las élites que han vertebrado este espacio han sido lo suficientemente generosas como para dimitir y ceder el paso a aquellos que puedan liderarlo. Así pasó con las viejas Cortes franquistas, cuyos miembros votaron la reforma a sabiendas que morirían con ella. Pero también pasó con la generación a quien representaba Fraga cuando encumbró a Aznar. Rajoy es el último miembro de la generación que acompañó a Fraga en su aventura de refundar el centro reformista español. A Rajoy, si no le basta con reconocer que su tiempo se ha acabado, debería bastarle saber que la generosidad es el cincel con el que se escribe el nombre de los hombres y mujeres ilustres en la lápida de la historia.

sábado, 23 de enero de 2016

Pregunta


Fernando Castro de Isidro

Exigíamos que se hiciera política, y el juego ha comenzado. Apartada la paja, nos hemos quedado con el grano. Y, aunque es cierto que no se esperaba tanto retorcimiento táctico, las acciones de Iglesias y la respuesta de Rajoy han devuelto al PSOE a una realidad que los últimos días quería evitar. Pedro Sánchez no ha ganado las elecciones. O, mejor dicho, ha sido el candidato socialista que peor resultado electoral ha tenido en toda la reciente historia democrática española. Que aspire a presidir el gobierno es lícito, pero que además pretenda hacerlo en soledad, con apoyos puntuales parlamentarios del resto de los grupos que componen el Congreso, más que ilusión es una verdadera quimera.
El PP cuenta con la mayoría absoluta en el Senado; es la fuerza política mayoritaria del Congreso. Es cierto que esa mayoría no le da para gobernar porque, salvo Ciudadanos, no hay ningún grupo político que quiera otorgarle su confianza después de su actitud en el pasado gobierno y lo que ha caído en estos años. Pero que así sea no significa que el resto de las fuerzas políticas confíen en el PSOE y que Pedro Sánchez vaya a ser presidente sin más. Si quiere ser presidente, tendrá que acceder a que Iglesias sea su vicepresidente y conceder algo al nacionalismo periférico del que también depende. Y eso dando gracias de que además no se le exijan carteras transcendentales o el líder de Podemos no logre  imponer incluso a sus hombres y mujeres en la segunda línea de aquellos ministerios que directamente no controle, algo muy común en los gobiernos de coalición en muchas Comunidades Autónomas. Y es que Iglesias ha atrapado a Sánchez en su negación inicial, pues al renunciar el secretario general de los socialistas a tomar la iniciativa que le otorga su hipotética centralidad y pactar a derechas y a izquierdas un programa de estabilización económica, generación de empleo y reforma constitucional ha logrado que Podemos se lleve el protagonismo de la iniciativa y Rajoy dé un paso al lado, haciendo visible su débil soledad y dependencia.

Las espadas están en alto y todo puede pasar. La izquierda más radicalizada puede acariciar una pronta victoria y la derecha más cejijunta seguro que habrá comenzado a preparar su estrategia de asalto al vértice de la organización para catapultarse lo antes posible de nuevo al poder. Pero ninguna de las dos soluciones aportará ninguna luz al escenario actual español. O, aportará lo mismo que si se repitieran de nuevo elecciones. España necesita estabilizar un ciclo de expansión económica muy débil que le otorga ventaja en Europa y la posibilidad de crear nuevo y mejor empleo además de lograr el más amplio consenso político para afrontar la reforma de la Constitución. La izquierda podrá formar gobierno pero difícilmente podrá gobernar y hacer frente a la empresa que tiene que abordar este país, lo que se leerá como un nuevo fracaso político del PSOE y el pistoletazo de salida para un nuevo bipartidismo radical, frentista y populista PP – Podemos. ¿No sería más inteligente entonces que Sánchez se eche a un lado también y que se negocie un gobierno de amplia base PSOE – Ciudadanos – PP presidido por Albert Rivera, por ejemplo, que obligue a Podemos y los nacionalistas a pasar a la oposición y sea capaz en cuatro años de abordar el programa de mínimos que las tres fuerzas constitucionalistas proclaman en cada uno de sus programas particulares? Ah, se me olvidaba, que esta Transición no se caracteriza por la generosidad. Lo importante es quien se sienta en el sillón no las políticas a realizar. El segundo puede desplazar al primero, pero el cuarto al segundo jamás.

lunes, 18 de enero de 2016

GENEROSIDAD



Fernando Castro de Isidro

Convengamos al menos en que la democracia española está amenazada. Y esta vez no por grupos fácticos constituidos en sus márgenes. La amenaza procede de una parte de la actual clase política: de aquella, precisamente, que se manifiesta desleal con la Constitución y el orden jurídico vigente. En efecto, es una minoría. Pero su amenaza puede agrandarse si una parte de la España constitucional olvida su posición y compromiso histórico y cierra un acuerdo con ella.
El PSOE no puede olvidar quien es y cuál es su misión en esta democracia. Es más, no puede renunciar a su historia y convertirse de la noche a la mañana en la fuerza radical que nunca fue. Su tarea ha sido siempre dar cohesión territorial a este mal soldado país y procurar frenar el ansia depredadora de las élites económicas con un marco jurídico favorable a las libertades individuales y tuitivo con los grupos y clases más desfavorecidas y débiles. Siempre fue, además, el partido que luchó por que la mayoría de las personas de este país tuvieran una oportunidad, con independencia del lugar donde hayan nacido; el partido de los trabajadores y empleados que hacen honor a su condición y se comprometen con su trabajo cada día.
El PSOE es el partido de Tierno Galván, Felipe González, José Antonio Maravall, Jorge Semprún, Fernández Ordoñez, Pedro Zerolo y tantos otros hombres y mujeres que sacrificaron sus carreras profesionales para que este país pudiera homologarse a Europa o incluso ponerse a la cabeza del mundo en derechos. Un partido, en fin, democrático que cree en la democracia representativa y parlamentaria, no en la democracia directa y menos en aún en la asamblearia. Un partido que jamás ha tenido complejos democráticos, porque ha sabido defender la democracia con las armas cuando el momento histórico lo ha requerido.

Por eso hoy se entiende poco que su líder corteje a Podemos, preste senadores a los independentistas para que puedan constituir grupo propio, y no trabaje para que, con él, el resto de las fuerzas constitucionales se comprometan en un acuerdo de amplia base por el que se acabe con la perniciosa corrupción, se inicie un proceso de renovación en profundidad de la actual democracia, se ponga punto y final a todas las leyes no consensuadas aprobadas por el gobierno en la pasada legislatura; y se reforme la actual Constitución para mejorar la actual vertebración territorial de España, garantizar una enseñanza y una sanidad públicas de calidad, acabar con la ley semi sálica en la sucesión dinástica, terminar con los aforamientos, dar sentido al Senado y simplificar el actual edificio administrativo. Renunciando con generosidad, si fuera necesario incluso, él mismo a formar parte de ese gobierno para que ni lo integre ni lo presida tampoco Mariano Rajoy.

domingo, 10 de enero de 2016

MIRARSE EN EL EJEMPLO DE MAS


Fernando Castro de Isidro

Se acabó. El entremés ha terminado. Ahora empieza de verdad el espectáculo. Como en los grandes escenarios modernos, la función no ha hecho más que empezar. No habrá más elecciones. Ni en Cataluña, ni muy probablemente en el resto del Estado, salvo las que tocan este año en Galicia y el País Vasco. Tras la renuncia de Mas a presentarse de nuevo como candidato a la presidencia de la Generalitat, Carles Puigdemont, un perfecto desconocido fuera de Cataluña, se sentará en el sillón que en su momento ocuparon Macià i Llussà, Lluís Companys i Jover, Josep Irla i Bosch, Josep Tarradellas i Joan, Jordi Pujol i Soley, Pasqual Maragal i Mira, José Montilla Aguilera y Artur Mas i Gavarró. La broma no deja de tener su ironía ideológica. La renuncia de Mas no obedece tanto a la presión de la CUP, que también, como a la de su mismo grupo (y por extensión a la de la burguesía catalana) que no quiere arriesgarse al suicidio de tener que enfrentarse a un nuevo proceso electoral y renunciar a la oportunidad que supone construir un Estado que no reconozca delitos anteriores ni hurgue en los casos de corrupción.
Cataluña y España quedan así a la deriva. La primera inmersa en un proceso que no tiene más objetivo que salvar del banquillo a nombres propios como la familia Pujol, Montserrat Caballé, Messi, Neymar, Ferran Falcó, Fèlix Millet, Jordi Montull, Daniel Osàcar y Mar Puig, además de Josep Maria Matas y Xavier Solà, Sandro Rosell Feliu y Josep Maria Bartomeu Floreta entre tantos otros. La segunda en otro bien distinto, pero no por ello menos apurado, como es poner freno a ese proceso de secesión catalán sin salirse del orden constitucional y respetando la cultura y tradición de la Europa occidental.

Porque la situación no deja de ser muy delicada se mire por donde se mire. Primero. Cataluña representa el 21 por ciento del PIB de España. Su ruptura con el Estado supondría un empobrecimiento general para todos: catalanes y resto de españoles. Y esto en un contexto internacional de recesión no superado y con una deuda pública similar al 100 por 100 del PIB nacional, cuya parte la CE reclama empezar a cobrar este año. Segundo. En Cataluña se han diluido en estos años los partidos que cohesionaban socialmente el territorio y facilitaban la gestión de lo público a pesar del 3 por 100 y los casos de corrupción. El escenario hoy es radicalmente diferente. El sistema de partidos ha estallado por los aires. Y no hay tiempo material para reinventarlo y lograr el apoyo del electorado. Los únicos partidos que sobreviven son los noveles, afirmados precisamente en la confrontación y en anteponer lo ideológico a lo pragmático. Tercero. España no está más capacitada. El último proceso electoral ha puesto en tela de juicio la alternancia sin más de las dos fuerzas políticas clásicas y exige acuerdos para su gobierno que los vértices se niegan a afrontar. Ni el PP ni el PSOE quieren asumir que ninguno está en sí mismo legitimado para gobernar y que el futuro gobierno debe pasar por una alianza compleja que supera la aritmética parlamentaria por muy asimétrica que quiera plantearse. La solución tampoco parece pasar por celebrar nuevas elecciones. Y menos ahora que el procès catalá no ha hecho más que empezar. Se impone tomar decisiones trascendentales que demuestren realmente que España es un país europeo occidental con un sistema democrático sólido y capaz de dar respuesta a los retos que se le presenten sin tergiversar ni retorcer la ley. En esta situación, lo más razonable es mirarse en el ejemplo de Mas, y que los dos candidatos a la presidencia den un paso a un lado para que los segundos o terceros de ambas formaciones asuman lo que hasta ayer parecía imposible y formalicen un acuerdo de mínimos con los que hacer frente y solucionar la crisis que se inicia esta misma tarde. Mas ha movido ficha. No juzgo el movimiento. Sólo corresponde responder. Y el tablero es ya diferente.

sábado, 9 de enero de 2016

EL MÁR IBÉRICO EN LA ÉPOCA DE ALÍ ARRÁEZ ROMERO



Fernando Castro de Isidro

1

En 1994, a los 64 años de edad, Juan Gelman, el premio Cervantes de 2007, reeditó uno de los libros más raros de la poesía contemporánea en lengua española[1] y, sin duda, uno de los más llamativos de la literatura argentina de las últimas décadas. La idea de rareza deviene de su título, dibaxu, porque ya desde la portada resulta inadecuado o insuficiente ubicarlo en el ámbito de la “lengua española”. Se trata, en realidad, de 29 poemas breves que se repiten uno a uno en dos lenguas: en castellano actual sobre la página noble, y antes, sobre la página par, en sefardí o ladino, el dialecto de los judíos españoles formado y usado sobre todo durante la Edad Media.  
Los poemas de dibaxu son poemas de amor. Pero además, dibaxu (“debajo”), con ese juego de autotraducción, indaga en lo que Gelman ha llamado “el sustrato” de la lengua, y son, por tanto, poemas sobre el tiempo, sobre el paso del tiempo y sobre lo que en nuestra propia lengua, es decir en el interior más íntimo de nuestra subjetividad y de nuestra historia, ha quedado soterrado pero sigue dialogando, en sordina, con nuestro presente. En este sentido, puede decirse que el libro cierra o culmina toda una etapa de la obra poética de Gelman, lo que podríamos llamar, en cierto sentido, su obra de madurez, signada por la problemática del exilio forzado y sus consecuencias. Pues esa experiencia colectiva de expulsión, persecución y desarraigo toma en su trabajo literario la forma de una indagación minuciosa sobre historia de las formas del idioma.
Ese itinerario puede seguirse especialmente en algunos de sus libros, como citas y comentarios (1982) y com/posiciones (1983-1984, incluido en Interrupciones II de 1986), aunque comienza a insinuarse de modo intermitente pero sostenido ya en sus poemarios de principios de los años setenta (las traducciones donde el poeta se inventa voces de poetas extranjeros a través de los que habla su propia voz así extrañada; Fábulas de 1971).
En ese recorrido, Gelman ha venido componiendo una lengua poética cuya singularidad consiste en el cruce o la mezcla de diversas variantes del uso o la historia de la lengua, recompuesta en una síntesis que nunca termina de cristalizarse, porque su rasgo principal es, precisamente, la inestabilidad o la movilidad del tiempo, de la historia social y personal, y del exilio: por una parte, las formas del español de la época de la conquista de América, el español todavía no fijado ni normalizado de Santa Teresa de Ávila o de San Juan de la Cruz, y, junto con eso, dialectos como los que compusieron pacientemente los sefardíes, en los que se lee un juego de arraigo/desarraigo entre la lengua propia y la ajena; por otro lado, las formas regularizadas de la lengua infantil previa a la escolarización (“morido”, “ponido”, “sabió”); finalmente, la lengua incorrecta, inexperta o incompetente del inmigrante o del extranjero, que más o menos involuntariamente, antes del conocimiento de la norma (precisamente a la manera de un niño), la pone en tela de juicio: “la problema”, “la mundo”. Por eso, por el espacio de libre movilidad que organiza su modo de relacionarse con el idioma, la poesía de Gelman incorpora desde siempre, con visible soltura, materiales culturales provenientes de prácticas o géneros bajos, como el lunfardo y la poesía del tango, que quedan rejerarquizados en su amalgama con los restos de textos y citas procedentes del repertorio más canónico y prestigioso de la literatura.
Este modo de vérselas con la cultura a través de una exploración desreglada de la lengua tiene naturalmente un efecto creciente que podríamos calificar como político o, más propiamente, ideológico. Preguntas como las que se leen en versos de Gelman (“¿Y si Dios fuera una mujer? alguno dijo”; “¿era rubia la pulpera de santa lucía”?) son consecuencia de esa desregulación del idioma, es decir de una escritura que ignora el orden del mundo que se nos impone mediante el orden del discurso (es decir mediante el sentido común cultural).  
En relación con dibaxu, Enrique Foffani ha señalado así este efecto de la poesía gelmaniana: “Lo que sorprende en el poeta ladino el poeta lenguaraz es la familiaridad con la lengua que adopta. Pero esta experiencia extraterritorial combate la figura romántica del escritor enraizado, del genio vernáculo que se siente llamado a construir una nación precisamente a partir de la interpretación ideológica del pasado”. Por eso, en el sentido en que Fofani usa aquí el término “ideología”, puede decirse que los juegos poéticos con la lengua que se despliegan en la obra de Gelman producen efectos imaginarios y semánticos contra-ideológicos: nos extrañan, nos vuelven por un momento extranjeros de nuestra propia lengua, es decir de nosotros mismos, porque desarticulan las fronteras de nuestro mundo, de nuestros modos de ver el mundo, y así amplifican y enriquecen las posibilidades de nuestra experiencia.
En la historia no hay registro de un ejemplo similar. El sentido común ideológico definido por los poderes consolidados en sus discursos se ha impuesto a cualquier otro sentido menos dogmático a la hora de leer el pasado. Y así, en lugar de ayudarnos a ampliar nuestro campo de visión e interpretación, lo hemos terminado de restringir a un patrón estanco agotado de sugerencias.
Quien se atreva a afrontar el riesgo de estudiar un espacio por limitado que sea, en efecto, suele caer en la simplicidad de instalarse en el corsé matriz de la idea dominante aprendida en la escuela. Y, por tanto, a trabajar desde la aceptación de un orden que sólo es objetivo en la realidad de la formulación del discurso que lo legitima. Nada es uno y lo mismo a lo largo del tiempo y la persona que se le enfrenta. Es, por supuesto, ese uno, pero también su contrario y todos los matices que puedan descubrirse entre ambos.
Pero si esto es claro en el lenguaje literario, más lo es, si cabe, en el de la geografía. La frontera no es ni ha sido nunca una muralla inexpugnable para los hombres y mujeres que habitan el común espacio que pretende deslindar. No ha sido tampoco algo estable a lo largo del tiempo. Es tan solo, como mucho, una adversidad que superar o simplemente un inconveniente que terminará por modelar una forma particular de vida.
Cuenta Braudel, como antes hizo Gautier, que el Mediterráneo vinculó un espacio integrado en su vertiente occidental entre los Pirineos y las montañas del Atlas durante algo más de 3.700 años. Y que esta integración explica sobradamente la historia de la región hasta nuestros días. Es cierto que en el sustrato de este modelo explicativo subyace un anhelo por legitimar la ocupación francesa del norte de África ante la inacción castellana. Pero no es menos cierto tampoco que esta lectura puede ser tan veraz como la que considera que el aporte de Castilla a la historia de la humanidad es haberlo convertido en la frontera sur del Islam. Los hechos en el presente hablan por sí solos. Pero incluso en los años de transformación en ese muro los hechos cotidianos no dejaron de hablar.
Hay personajes en la historia a los que se acude para ensalzar gestas heroicas de tipo militar, científico, político o cultural. Si esto fuera una biografía, que no lo es, acudiría a nuestro personaje a guisa de viaje que busca escapar de cualquier realidad epidérmica o superficial para descubrir, como en la poesía de Gelman, lo que tras ésta se esconde. Alí Arráez Romero es un canario de origen cristiano, pero apóstata y al servicio del sultán otomano, cuya vida evidencia la vinculación de Canarias con ese Mediterráneo de ampliación que es la rivera oriental del archipiélago, lo difuso que era esa frontera todavía incluso en la segunda mitad del siglo XVII, esto es, casi doscientos años después que comenzara a erigirse; como una aparente adversidad, como el cautiverio, puede convertirse en una forma de liberación y promoción social, y algo mucho más significativo; a saber: que por debajo de los límites políticos y administrativos en los que suele indagar la historia estatal se oculta una realidad tan vigorosa como la que de verdad conforma la vida de cualquier persona.
No he pretendido historiar jamás la biografía de ningún personaje de relumbrón o excesivamente conocido. Pero la vida de nuestro héroe tiene algo especial que si no la hace ser ejemplar (ninguna lo es) sí al menos nos ayuda a recuperar una realidad social e, incluso, política que salvo excepciones, esta historia estatal ha pretendido olvidar.
Alí es un ejemplo claro de cómo una comunidad desaprovecha las capacidades de una persona por el sólo hecho de proceder de un origen social modesto. A ese tipo de sociedad le solemos denominar inelástica o cerrada, pero lo llamativo del caso es que la que a él le expulsa aún lucha por definir su posición en un marco geográfico cambiante donde América todavía no es esa tierra de acogida de estos expulsados que definitivamente será en los siglos subsiguientes. Por eso tal vez Alí, a diferencia de otros apóstatas y renegados, no se planteará nunca el regreso pese a mantener viva su pertenencia cultural al archipiélago. Y es que no siempre el convencimiento de ser de un lugar es suficiente razón para permanecer o regresar. En este caso además su convivencia con los expulsados de las otras comunidades de lo que después será España obrará de refuerzo de ese convencimiento de que formar parte de una comunidad nacional no necesariamente es doblegarse a la voluntad de un Estado. Esto es lo que Alí tiene en común con mis dos otros biografiados. Ni Miguel ni Agustín entendieron jamás que para ser haya que acatar. Su libertad, como la de cualquier hombre o mujer moderna, es el eje que estructura su identidad; su única esperanza.

2

La historiografía oficial del archipiélago presupone que Canarias es un territorio atlántico. Sin embargo, la historia clásica no lo consideró así al entender que, lo mismo que en oriente el Mediterráneo continua en el Mar Negro, el Rojo y el Caspio, en occidente este mismo Mediterráneo se prolonga en ese otro estrecho que vincula a las islas con la antigua Mauritania hasta el actual Agadir. Y es que esta Mancha alargada, que es lo que de verdad es el Mediterráneo occidental, no es una barrera líquida que se levante entre la masa continental del mundo ibérico y la del mundo norteafricano, sino un río que hace de Iberia, las islas y el África del norte, tanto atlántica como mediterránea, un “bicontinente”, según el termino acuñado por el historiador y sociólogo Gilberto Freyre. El éxito de los Omeya en el siglo VIII, lo mismo que antes el éxito de los Visigodos, de Roma o, en la antigüedad más primigenia, de los Fenicios se debe a que este mundo estaba integrado en lo cultural y económico antes incluso que una misma égida pretendiera integrarlo política y militarmente.
No viene al caso hacer el corolario episódico de las disputas entre las potencias marítimas antiguas por hacerse con el control de la parte occidental de este mar. Pero sí es menester recordar que hasta la conquista de Ceuta por Dom Joao de Portugal y sus hijos, en 1415, primero y la conquista de las canarias orientales por la alianza castellano normanda después, este mundo vivió al margen de los embates de la historia europea y con unas particularidades culturales tan marcadas que incluso le hacían ser diferente del núcleo de ese proceso civilizatorio en el que hasta entonces estuvo integrado. Grandes ciudades marítimas como Bugía, Argel u Orán nacieron o se expandieron en el momento de mayor esplendor de este bicontinente que, por dos veces, tuvo que recurrir para salvarse de su disgregación a la intervención del sur africano en el norte ibérico frente a la presión de los cristianos trinitarios. Y es que la única manera que tuvieron las potencias cristianas septentrionales para poner fin a esa integración fue hacerse con el dominio de ambos estrechos al saber sacar provecho de la debilidad manifiesta de las dinastías reinantes en el sur africano.
La historia jamás se repite pero el medio la influye y condiciona. La crisis del siglo VIII en este sentido fijó el guión, por activa y pasiva, de lo que en el futuro más mediato sería su avatar político. La supuesta traición del conde Don Julián no es más que el efecto de una decisión adoptada en consecuencia con el signo de la historia de este área. Los hijos de Witizia, como el obispo Oppa, obraron desde la legitimidad que impone una tradición milenaria sólo truncada setecientos años después por el afán del nuevo poder trinitario de erigir una identidad nacional desde el ejercicio de una fe exclusivista. Si sólo entonces el Mediterráneo, y su extensión atlántica, se alza como una muralla, su historia inmediata, la de ese final del siglo XV y los dos siguientes, demuestra, no obstante, lo vana y fútil que es la pretensión de trasladar a este área los afanes petrarquistas, pues las gentes de este territorio son capaces de adaptarse a la nueva realidad de tener que convivir con una frontera hasta el extremo de convertirla en una forma de supervivencia. Puede ser cierto que desde la mirada francesa, que Castilla renunciara a su misión geográfica provocara una de los grandes capítulos de una historia frustrada. Pero que así fuera no supone en modo alguno que se haya truncado la integración de esta área. Por encima de los avatares políticos, el Mediterráneo sigue dotando de una identidad común a este territorio y, tal vez lo más importante, se convierte en sí mismo en el refugio de aquellos que no tienen encaje en este nuevo mundo.
La historia de Castilla está plagada de episodios que corroboran la integridad de este amplio y complejo territorio. Vicens Vives llama la atención, por ejemplo, de que el litoral de Huelva y Cádiz, y no sólo el que está situado al este del Estrecho, está orientado a África más que hacia el Atlántico. Y Joseph Pérez recuerda que desde fecha muy temprana los reyes castellanos han apelado a consideraciones históricas y jurídicas para reivindicar sus derechos sobre Canarias y la Mauritania Tingitana precisamente en el hecho de su pertenencia a África. 
Desde este punto de vista, el actual reino alauita forma parte de los objetivos a largo plazo de la corona de Castilla, aún incluso cuando no se encontraba en condiciones favorables para ocuparlos. Pero es que la misma incorporación de las islas Canarias al reino castellano no tiene otro objetivo que servir de base a un ataque eventual sobre el norte africano. No es por otro motivo que cuando, en 1344, el papa Clemente VI crea el obispado de Telde, y el mismo año erige a las islas en reino independiente que concede a Luís de la Cerda, bisnieto de Alfonso X el Sabio, dicha investidura queda de inmediato sin efecto una vez que el rey de Castilla invoca sus títulos sobre la antigua provincia romana.
Para el que tenga algún interés especial en esta historia, decir además que Juan II encarga un dictamen jurídico a Alonso de Cartagena (las llamadas Alegaciones) en el que se argumenta, precisamente, que en tanto las islas están en frente de lo que en su día fue la provincia de Mauritania Tingitana, el archipiélago es Castilla por cuanto está más cerca de África que de Europa. Y es que la elite dirigente castellana de las primeras décadas del siglo XV tenía claro que sólo podía limitar los afanes expansionistas de Portugal reivindicando una realidad que había permanecido como incuestionable a lo largo de toda la historia conocida anterior. Y que significaba, a la postre, que Canarias, con su hinterland natural en el Sahara occidental, conformaba la frontera sudoccidental de este territorio bicontinental que ahora Castilla pretendía liderar.
Es precisamente por ello que, igual que se refuerza la zona del Estrecho y se incorpora Gibraltar a la corona el 2 de enero de 1502, los reyes encargan al gobernador de Canarias, Alonso de Lugo, reconstruir la torre de Santa Cruz de Mar Pequeña (29 de marzo de 1496), empresa que permite poner fin al proceso de incorporación de las islas a Castilla con la conquista de La Palma y Tenerife. Sólo entonces comienza la penetración española en el territorio magrebí. En 1504 se ocupa Melilla; en 1505, Mazalquivir. En 1508, Pedro Navarro conquista el Peñón de Vélez de La Gomera; en 1509 se lleva a cabo la gran expedición de Orán en la que se pensaba desde 1494. Ocho meses después, en 1510, Navarro conquista Bujía. El 25 de julio de ese mismo año cae Trípoli para, el 31 de enero, rendirse Argel.
Todo parece apuntar que el sueño de integrar bajo una misma égida política este común territorio podía alcanzarse, pero resultó imposible. Braudel, como Pérez, piensa que en la rendición de Argel acaba la empresa africana castellana, porque Fernando el Católico, como rey aragonés sobre todo, reorienta el centro de los intereses españoles desde el norte de África al Mediterráneo. Sin embargo, el supuesto cambio de rumbo de la política exterior de Castilla no obedece a razones tan simples. Los esfuerzos internacionales de Fernando, como los de los siguientes soberanos españoles a lo largo de este siglo XVI, están seriamente condicionados por una coyuntura internacional discontinua y asistemática, a la vez que por un proceso en el interior de la misma España difícil y complicado, en tanto en cuanto se está asistiendo al nacimiento de un nuevo Estado.
No es cierto, en modo alguno, que los intereses exteriores españoles oscilen en este siglo, como se ha dicho, en la dualidad entre el Mediterráneo y Oriente y África y el Atlántico en función de la preponderancia que adquieran Castilla o Aragón. Con independencia de que ambos intereses particulares puedan existir, cohabitan y se solapan en otro más general que consiste en mantener un statu quo internacional y, en consecuencia, responder a cada uno de los difícilmente planificables acontecimientos que se suceden desde centroeuropa a los confines más remotos del mundo atlántico. Y es que, como bien señala Diego Téllez Alarcia, la preeminencia de uno u otro ámbito, incluso de otros más localizados como el norte de Italia o Flandes, van a depender de las necesidades e intereses de los monarcas, del peligro de los enemigos, de las posibilidades de la Hacienda y de las pérdidas de reputación. Por no hablar de esa otra gran losa de la Administración española que fue su esencial policentrismo, que al fin y a la postre no hace sino difuminar totalmente la continuidad de su política exterior a lo largo de todo el siglo XVI.
Abordar de esta manera la explicación del colapso posterior de la empresa exterior española puede parecer forzado, por cuanto se centra en la debilidad de una estructura imperial en la que la unión de reinos sólo está integrada bajo Carlos I. Pero no hay que olvidar que, como puso de manifiesto Juan Beneyto, Fernando jugó como verdadero emperador antes incluso de la conquista de Granada y Felipe II no renunció a ejercer la solidaridad dinástica con la Casa de Austria.
Porque es así, la unión de reinos primero, el imperio después y luego la monarquía cristiana persiguieron hacia el exterior un común objetivo político, que no era otro sino preservar la integración de un territorio multinacional en un proceso de desagregación nacionalista en centro Europa, a la vez que limitar la guerra defensiva que impone desde el oriente mediterráneo la sublime puerta. Objetivo que, por su misma dificultad, provoca que se improvise una estrategia que al final no deja de percibirse como notablemente caótica, espasmódica en ocasiones y, en definitiva, escasamente lineal.
Los acontecimientos que se suceden a la lo largo del siglo XVI no dejan de corroborar esta opinión. Del mismo modo que durante el reinado de Felipe II asistimos a la dualidad entre el mundo mediterráneo y el atlántico, durante el de su padre tenemos la misma dialéctica entre la esfera mediterránea y la centroeuropea. Sin embargo, se considera que el emperador todavía es un monarca mediterráneo por su activa política italiana. ¿Qué hay de la lucha contra los protestantes alemanes o contra Francisco I, de las relaciones con Inglaterra, de los años sin operaciones militares relevantes en el Mediterráneo? Así por ejemplo, en 1529,  y a pesar de la petición de auxilio recibida del Peñón de Argel, fortaleza sumamente importante para el control de la piratería berberisca, Carlos V se centrará en lo que realmente le importa en ese momento: su coronación en Roma por el papa. Y el Peñón es conquistado por Jeredín Barbarroja. Incluso, dentro del propio reinado de Felipe II, vemos que el ámbito mediterráneo se difumina en algunas décadas. Este comienza en los campos de batalla de San Quintín y Gravelinas, años en los que el frente mediterráneo tiene que ser defendido por iniciativa de la regente de Castilla, su hermana Juana, y del gobernador de Orán, el conde de Alcaudete (expedición a Mostaganem), frente a la indiferencia del príncipe (pérdida de Bugía en 1554 y sitio de Orán en 1556) y sin su permiso. La preeminencia de uno u otro ámbito nada tiene que ver con quien ocupe el vértice del Estado.
Lo que entonces se llamaba Berbería coincide geográficamente con lo que hoy se conoce como el Magreb. Berbería se alza a finales del siglo XV como la prolongación natural de la Península Ibérica y de la reconquista tras la caída del reino nazarí. Su territorio habitado abarcaba desde Trípoli, en el Mediterráneo central, hasta Santa Cruz de Cabo Gue, la actual Agadir, y las Canarias en el Atlántico medio. Ligado culturalmente al Islam desde el siglo VIII en su inmensa mayoría, es un mosaico, en lo político, de territorios controlados por viejas dinastías que siguen sin resolver el problema sucesorio (Hafsíes de Túnez, Wattasíes en Marruecos, Abdelwadíes y Zianíes en Tremecén), lo que provoca enormes conflictos internos y constantes enfrentamientos intestinos por el poder. Su conquista por parte de la corona castellana es claro que responde a un objetivo defensivo, pues suele ser reducto de grupos corsarios que le disputan el control de las aguas de este mar, a la vez que a una rivalidad con Portugal por hacerse con el dominio del Atlántico. Pero lo que no deja de ser una guerra local, contra lo que se percibe como una irredenta provincia del antiguo reino visigodo, se internacionaliza definitivamente cuando se convierte en un escenario más en la guerra que el imperio va a sostener contra la sublime puerta una vez que Solimán haya puesto sitio a Viena después de conquistar el reino de Hungría, feudo imperial.
No es ninguna novedad que el Mediterráneo fuera refugio de piratas. La originalidad de este tiempo es que la existencia de esta piratería se enquista en una guerra que mantienen la corte castellana y la sublime puerta otomana por hacerse con el control de este río bicontinental. Guerra en sí misma poco afortunada, pues provoca como efecto más inmediato que se ponga fin al emergente proceso industrializador que se lleva a cabo en la península desde el siglo XV, ante la pérdida de abastecimiento de grano siciliano y el establecimiento, consecuente, de una forma particular de colonialismo interior, para asegurar el abastecimiento de los productos básicos de consumo, lo que contribuye, a su vez, a acentuar la exclusión de una parte de la población y a que ésta observe el ejercicio de la piratería como una forma de promoción social. Pero guerra al fin y al cabo que, con oscilaciones y diferentes intensidades, por la imposición del contexto internacional, se mantiene viva a lo largo de toda la centuria y prueba en si misma el interés de la monarquía cristiana por este territorio.
Distinto es a qué se debe en realidad este interés. Pues la internacionalización del conflicto dificulta la visión y hace relegar la velada querencia castellana por pacificar el área y dotarle de estabilidad a un plano secundario y poco relevante que provocará su conclusión final: que no es otra que la pérdida creciente del interés por el Magreb conforme se desarrolle el corredor americano, se limite en Lepanto la frontera norte de este mar bicontinental y se estabilicen los gobiernos autónomos locales, con el respaldo de las nuevas potencias occidentales, una vez el imperio otomano tenga que concentrarse en resolver sus problemas en Asia y, sobre todo, en Persia.
Y es que el área oriental del Mediterráneo ha dejado de ostentar desde el siglo XIII la primacía que mantuvo en tiempos de Roma y de Bizancio: no es ya, en el siglo XVI, esa refinada civilización material, referencia de la ciencia y la tecnología más avanzadas, sede de las grandes industrias y de la banca y fuente del oro y de la plata. Conforme discurre el drama económico sin precedentes que significa la invención del Atlántico y la pérdida consecuente del antiguo privilegio del Levante de ser antaño el único depositario de las riquezas de las Indias, cada día que pasa las diferencias son más palmarias. El oro americano no sólo revoluciona los precios, sino que su proceso de producción, al igual que el desarrollo de los transportes del que depende, provoca un progreso significativo de la técnica y la industria de Occidente.
La política de este siglo no hace sino subrayar esta realidad subyacente. No es otra la razón que las grandes luchas marítimas de la primera modernidad  se localicen en la zona de confluencia de los dos mares: Trípoli (1511 – 1551), Djerba (1510, 1520, 1560), Túnez (1535, 1573, 1574), Bizerta (1573 – 1574), Malta (1565), Modon (1572), Lepanto (1571), Corón (1534), La Prevesa (1538), etc. Y que la piratería termine por expresar la necesidad de restablecer un equilibrio económico trastornado. El Imperio otomano luchará  con todos los medios a su alcance para vincular con urgencia vital la historia futura de la cuenca oriental a la superioridad que América le proporciona a Occidente. Pero Occidente también se hace a su manera dependiente de aquella otra cuenca a fin de colocar en aquel mercado sus excedentes industriales. Después de 1559, todo está más o menos decidido. El mar occidental se convierte sin disputa en un mar hispánico, pero a cambio de haber erigido una barrera y de ceder al Islam y los otomanos la rivera sur, esto es el Magreb, el norte de África, que mantendrá una existencia diferenciada como resistencia a Occidente y la cristiandad hasta que los franceses se lo anexionen después de que, con la conquista de Argel, se ponga fin a la piratería en estos mares al final de la tercera década del siglo XIX.
Es a lo largo de estos años, en efecto, cuando se asiste al nacimiento del Magreb como ámbito cultural propio e independiente. Como realidad en disputa por el control de esta ruta marítima fronteriza, no es extraño que su identidad adquiera en lo fundamental una fuerte carga antiibérica, ampliada y reforzada, además, por convertirse en bastión de acogida de todos los grupos españoles expulsados por motivos religiosos, económicos o sociales.
La guerra de conquista de las potencias occidentales en las costas norteafricanas también coadyuva a ello. Desde las Canarias orientales se toma posesión muy pronto de Santa Cruz de Mar Pequeña, provocando así que la antigua Mauritania romana estreche aún más si cabe la franja de expansión de los antiguos reinos arabo beréberes y éstos no tengan más remedio que mirar hacia Estambul para garantizar su supervivencia. Será el oro sudanés un verdadero balón de oxígeno que asegure su continuidad en los siglos subsiguientes, gracias sobre todo a la participación andalusí. Pero no sin que la piratería berberisca se convierta en una verdadera armada defensiva con la misión añadida de restituir mediante razzia marina parte de las riquezas expoliadas.
Y es que la frontera que al final se traza es cierto que no deja de dividir dos realidades que cada día que pasa más subrayan sus diferencias. Pero a la vez ejerce como un mecanismo de liberación para aquellos que en esta parte de ese común mundo ven cada vez más limitados sus deseos de promoción, reconocimiento y prestigio social. Hasta el extremo de quien no encaje en este mundo y sea incapaz de emigrar a América, porque carezca de recursos, sueñe y aspire a dejarse capturar por los piratas berberiscos para iniciar una nueva vida en el otro lado de un mundo que no le resulta del todo extraño.
Alí iniciará este periplo a eso de los dieciséis años. Y descubrirá, no sin cierta sorpresa, que la nueva patria de cautividad y acogida es una tierra que se ha hecho en la resistencia a la expansión trinitaria septentrional, gracias, entre otros, a los refugiados españoles musulmanes y, por ello mismo, con un sesgo antiibérico notorio. De ahí que para comprender acaso mejor su exitosa vida sea oportuno bucear primero en la historia del territorio que lo acoge, y muy especialmente desde el punto de vista de las distintas migraciones moriscas que recibe. Y es que la Argelia clásica no deja de ser en estos años el corazón y el alma motora del Magreb. Y el Magreb, el escenario elegido tanto por las autoridades políticas españolas como por la misma comunidad morisca peninsular para materializar la expulsión. Esto es: un mundo cohesionado en la esperanza a resistir a todo cuanto proceda de la rivera norte de este río bicontinental, pero a la vez no por ello menos español.

3

A lo largo de la Edad Media, la ausencia de frontera había hecho de las costas argelinas un lugar privilegiado para los emigrantes que llegaban de Al-Andalus. Eran “las dos orillas” o al-adwatn de un mismo mar, tal y como las describe el geógrafo del siglo XI Al-Bakri. Es él quien enumera los puertos de la costa magrebí mencionando los puertos de la costa andalusí que tienen enfrente. Y es que, como describe también el geógrafo del siglo IX Al-Ya’qubi, la costa levantina de la península de Al-Andalus era realmente la “puerta de Al-Andalus”, porque por ésta se embarcaba o se atracaba en el camino que unía por vía marítima a Córdoba con Kairuán y el Oriente mediterráneo. Sólo unos 200 kilómetros separan las actuales costas argelinas de amplias regiones de la península, desde Cataluña y las Baleares a toda la zona costera valenciana, alicantina y murciana, hasta Almería. Todo el llamado Xarc-Al-Andalus (Oriente o Levante de la Península Ibérica árabe) está abocada a la costa magrebí y viceversa.
Fruto de esta integración geográfica es la fundación de Fez en Marruecos, a principios del siglo IX, por andalusíes a la vez que el poblamiento de Orán de 903. Esta acción urbanizadora se refleja muy bien en los textos del geógrafo andalusí Al-Bakri ya citado y en las diversas tradiciones, más o menos documentadas, que atribuyen la fundación o el desarrollo de diversas ciudades a inmigrantes de Al-Andalus, como es el caso de Msila, en las vías de comunicación del interior. El constante trasiego entre “las dos orillas”, fomentado particularmente por la obligación musulmana de peregrinar a La Meca y el hábito científico de viajar para estudios, con lucrativas operaciones comerciales concomitantes, provocó el establecimiento de numerosas comunidades de andalusíes en los núcleos urbanos del Magreb y también el correlativo establecimiento de magrebíes en Al-Andalus.
El signo de las migraciones andalusíes cambia radicalmente, no obstante, en el siglo XIII. A raíz de la conquista trinitaria de amplias y muy pobladas áreas del sur peninsular islámico, una primera gran oleada de andalusíes invade el Magreb. Los cristianos septentrionales, en el siglo anterior, se han apoderado de la meseta meridional y el valle del Ebro, haciéndose con el control del Algarbe, la Andalucía bética, Murcia, Valencia y Baleares. Esta ofensiva cristiana provoca que miembros especialmente significados de las clases dirigentes andalusíes se instalen en los reinos post – almohades de Tremecén y de Túnez, de los que dependían políticamente las dos ciudades argelinas de Bujía y Constantina en las que sobre todo buscan acogida.
Este movimiento migratorio se vio favorecido por los contactos de las épocas anteriores. Ejemplo de emigración puede ser el de los intelectuales y científicos alicantinos que menciona Ibn-Al-Abbar, quienes acaban instalándose en Tremecén. El propio Ibn-Al-Abbar, polígrafo y político valenciano en el momento de la conquista de Valencia en 1238, emigra a Túnez, pasando por Bujía. Tremecén y Bujía son, efectivamente, en el siglo XIII las dos principales ciudades de los territorios actualmente argelinos que canalizan el flujo de estos refugiados.
Pero este trasiego de gentes, pertrechos, arte, ciencia, cultura y tecnología no acaba ahí. Después de la gran emigración del siglo XIII, un continuo goteo de mudéjares hispánicos se va trasladando a las costas y ciudades del Magreb central. Es sobradamente conocida la anécdota de un alfaquí aragonés que pasa por Mallorca, a principios del siglo XV, para preparar su instalación en tierras musulmanas y regresar más tarde para llevarse definitivamente a su familia a Bujía. Territorios musulmanes como la Menorca del XII o la Granada del XIII-XV no son muchas veces más que etapas en el proceso de emigración definitiva al Magreb: a ciudades como Tremecén o Bujía e, incluso, a otras poblaciones mucho más pequeñas en los actuales territorios de la República de Argelia.
Pero la inestabilidad política de la zona en el período post-almohade, por las guerras entre las dinastías hafsí de Túnez, abdelwadí de Tremecén y meriní de Fez, y de éstas con diversos poderes locales, frenaron muchas posibilidades de instalación andalusí en el Magreb central, y la orientaron hacia las capitales más periféricas de Fez y Túnez. No es extraño por ello que sean muy numerosas las descripciones del Magreb central que hacen diversos escritores andalusíes en estos siglos medievales. Pero es que el Magreb no sólo está definiendo su identidad a lo largo de este periodo como bastión del Islam frente a una Cristiandad expansiva, sino que en este proceso de definición están asumiendo un protagonismo notorio los musulmanes españoles que huyen de la península ibérica y buscan allí una oportunidad para rehacer sus vidas.
La toma de Granada en 1492 provoca una nueva emigración que, aunque se orienta muy particularmente a las costas marroquíes, no excluye tampoco a las argelinas. Es simbólica la probable instalación en Tremecén de miembros de la familia real granadina, “conocidos popularmente en Tremecén como los Banu-Sultán de Al-Andalus” (descendientes de los soberanos musulmanes de la península). Esta conciencia popular en la ciudad de Tremecén, de ser en cierta manera herederos de Al-Andalus, inspiraría seguramente al tlemcení Al-Máqqari, a mediados del siglo XVII, su monumental historia sobre los andalusíes el Nafh-at-tib y el Azhar-ar-riyad. 
Son los alfaquíes argelinos Al-Magrawi de Orán, Ibn-Miqlás de Argel y Az-Zarkali de Bujía – con el marroquí Al-Wanxarixi –  los que más se interesan por las situaciones religiosas de los musulmanes españoles bajo poder cristiano. Este interés no es gratuito. Se puede explicar fácilmente por esta conciencia de pertenencia a una misma realidad geográfica y cultural que refuerza esta constante migración desde Aragón, la Cataluña del Ebro, Valencia, Murcia y la Andalucía oriental.
Las fatwas o respuestas jurídico-religiosas de estos alfaquíes solían acabar con una viva recomendación a los musulmanes de Al-Andalus para que abandonaran las tierras de cristianos y emigraran a tierras islámicas. No sólo era para poder cumplir mejor con sus preceptos religiosos, sino sobre todo, y muy especialmente, para reforzar a los territorios musulmanes en su lucha contra los ataques cristianos, como puede verse también en el teólogo marroquí Al-Wanxanxi, al servicio de los intereses de sus soberanos. Estos dictámenes coinciden curiosamente con el de un teólogo musulmán argelino moderno, que apoya totalmente la opinión de los alfaquíes que imponían a mudéjares y moriscos el que abandonaran las tierras dominadas por los trinitarios. Según el autor anónimo del Kitb al-gazawt o Libro de las expediciones de Arruy y Jair-ad-dín, contemporáneo a los hechos, Argel se pobló de andalusíes, tras la rebelión granadina de 1502, aun antes de que se instalaran los hermanos Barbarroja.
Orán, por su parte y a partir de 1493, va a recoger un número importante de granadinos refugiados y a convertirse en el punto de partida de numerosos ataques a las costas españolas. Las costas argelinas van a ser cada vez más beligerantes contra los cristianos, lo que permitirá justificar a la Corona de Castilla el ocupar, a principios del siglo XVI, los principales puertos magrebíes: Melilla, Honéin, Mazalquivir, Orán, Tenes, Cherchel, Peñón de Argel, Bujía, Tedellis, Djidjel, Bona, Tabarka, Bizerta, La Goleta, Kelibia, Hamamet, África (Mahdia), Gelves (Djerba), Trípoli, etc. La reacción magrebí, a partir de Argel y con el apoyo otomano, va a reducir las ocupaciones hispánicas, a lo largo del siglo XVI, a solamente Orán y Mazalquivir.
En la nueva reestructuración del espacio político del Magreb central, con la creación del vilayet otomano (wilya, en árabe, o “gobernaduría”) de Argelia, va a tener un papel determinante la acción de los hermanos Barbarroja y de sus sucesores en el gobierno de Argel, centro político de la región en la que nuestro héroe terminará por ocupar un notorio lugar en el vértice de poder.
Para su política de oposición a España y la Cristiandad contarán siempre con fuerzas andalusíes. Recogerán a los expulsados por la ocupación española de Bujía. Instalarán a andalusíes en su territorio, repoblando entre 1501 y 1529 las fértiles llanuras alrededor de Argel y Blida, la Mitidja, y atraerán a emigraciones clandestinas de España, sobre todo después de la derrota de la flota de Carlos V en Argel en 1541. Los gobernantes de Argel tienen en 1551 cuerpos de ejército con 5.000 tiradores “turcos y moros mudéjares”. Los militares andalusíes apoyarán especialmente con Uluy Alí las revueltas de Las Alpujarras en 1568. Recogen emigrantes granadinos de 1570 y organizan el transporte de más de 2.000 moriscos de la zona de Alicante en 1584 y de Lorca en 1591, entre otras acciones en favor de la emigración morisca hacia tierras argelinas.
Muy escuetamente resume Haedo, a finales del siglo XVI, a las mismas puertas del decreto de expulsión, el papel de los inmigrantes andalusíes en Argel:

[…] después que fue ganado el reino de Granada por el Rey Católico en el mes de Enero del año del Señor 1492, muchos de los moros de aquel reino, y otros de Valencia y Aragón se pasaron a Berbería, porque siendo todos pláticos en las guerras de toda España do nacieran y se criaran, y teniendo mucha noticia de todas las islas cercanas, como Mayorca, Menorca, Ibiza y otras, tenían más ocasión y aparejo para robar y hacer grandísimos daños en todas aquellas partes y lugares, como de hecho hacían.

El anónimo autor del mencionado Kitb al-gazawt 'Urrj wa-Jair-ad-din (de mediados del siglo XVI) afirma expresamente la intencionalidad política de las autoridades de Argel al acoger a refugiados andalusíes e instalarlos en sus territorios para reforzar la lucha contra los cristianos. No indica, pero es evidente, que los andalusíes reforzaban, como forasteros, la posición política de esos gobernantes de Argelia que eran también de origen foráneo, frente a la población originaria del Magreb que estaba bajo su mando. Ésta es una constante de toda la emigración andalusí en el Magreb, especialmente en los territorios bajo autoridad otomana. El ideal conquistador del califato islámico turco otomano, en nombre de la defensa del Islam, no podía encontrar mejor causa en el Magreb que la labor de recuperación de los territorios de Al-Andalus, por los mismos que habían sido despojados de su patria.
Pero no sólo los textos argelinos, como el Kitbb al-gazawt..., o los dramáticos llamamientos de los moriscos de España a la suprema autoridad otomana señalaban a Argel como el centro del apoyo musulmán a la comunidad mudéjar española. La situación de los otros estados magrebíes, a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XVI (antes del esplendor de la dinastía saadí en Marruecos) no permitía a los estados musulmanes del Magreb ninguna intervención eficaz en su favor. El historiador argelino que mejor ha estudiado el éxodo de los andalusíes a Argelia resume así las causas del protagonismo argelino:

Las circunstancias históricas que conoció Argelia a partir de fines del siglo XV animaron a un número importante de emigrantes de Al-Andalus a que se dirigieran hacia allí, mientras que no les ayudaron las circunstancias de Túnez en el último período hafsí, ya dominado por las ingerencias españolas entre 1534 y 1574, que no pudo acoger a masas de emigrantes hasta que se instaló allí el poder turco, en tiempo del Dey Uthmán. Tampoco el Magreb extremo, a pesar de sus lazos históricos, de sus relaciones humanas y de su cercanía geográfica de Al-Andalus, no conoció la emigración masiva que se dio en Argelia, por la naturaleza política de los saadíes y la posición de algunos sultanes saadíes que buscaban el equilibrio entre la fuerza otomana en el Mediterráneo occidental y los españoles (As-Saiduni).

En España, Argel era también el centro de la esperanza de los moriscos y de los temores de las autoridades cristianas. Argelia estaba relativamente cerca de las grandes zonas peninsulares pobladas de moriscos. En 1565, un informe de la Inquisición de Aragón señalaba que parte de las armas y pólvora que los moriscos hacían clandestinamente en la comarca de Villafeliche iba a la costa valenciana, donde un rico morisco aragonés, natural de Calanda y vecino de Argel, los hacía pasar a tierras magrebíes. A Argel huían muchos moriscos y de allí venían a animar a sus correligionarios para que se rebelaran. A Argel afluían también muchos exiliados andalusíes, desde otras regiones del mundo musulmán. La Inquisición siempre sospechaba que libros y otras influencias islámicas llegaran a los moriscos españoles desde Argel. Si el turco era la “suprema esperanza de los moriscos” (Cardaillac), los moriscos concretaban sus esperanzas y profecías en el poder de Argel, como predicaba en 1569 en Granada cierto morisco llamado Zacarías:

Tenían por sus libros y cuentas que esta tierra se havía de tornar a perder y que la avían de ganar los moros de Berbería.
 
Hay una documentación, muy dispersa pero abundante, sobre los moriscos españoles instalados en Argelia a lo largo del siglo XVI, antes de la gran expulsión de 1609-1614. De entre ésta, baste mencionar lo relativo al médico valenciano Jábar, que pasó por Marsella desde Barcelona, se dirigió a Roma y desde allí a Bona y finalmente a Argel, ciudad donde mantiene una relación epistolar prolija con su familia valenciana. Diversos testigos en los procesos de Inquisición – marineros y comerciantes – describen su holgada vida en Argel, en donde se le había visto cuidar

así a moros como a judíos, disputar con ellos y andava en hábito de moro y entrava en la mezquita de los moros, y que tiene una botica de boticario.

Pedro de Valencia, en 1606, argumentaba contra la expulsión de los moriscos por la buena acogida que tendrían en Argelia, reforzando de este modo la tesis de los turcos:

Pues si havían de ir, con sus haziendas bien armadas irían, y de buena gana los reciviría el Turco, para servirse de ellos o para depolarlos.  

No se puede negar que el temor de que la expulsión reforzara a los musulmanes del Magreb pesó mucho, durante décadas, contra la decisión de expulsar a los moriscos, retardando la medida e impidiendo – ineficazmente –el paso de moriscos al Magreb. Pero parece que uno de los detonantes finales de la gran expulsión fue también Argel, con la supuesta alianza o pacto entre Enrique IV de Francia y Ramadán, pachá de Argel, para hacer un desembarco conjunto en Denia, auxiliados por un levantamiento general de los moriscos, que atenazaría a las fuerzas españolas. El pacto no se llegó a concretar, pero los españoles tomaron la iniciativa de la expulsión general.
Todos estos datos indican claramente cómo Argel era el faro que alentaba las esperanzas moriscas. El que no fuera el principal destino de los moriscos de la última expulsión se debió a las especiales circunstancias de la transferencia. De todas formas, el mejor testigo de la instalación de los moriscos en Argelia, antes de la gran expulsión, insiste en que fueron los andalusíes los que más reforzaron a los poderes turcos en Argelia. De Haedo se ha podido escribir que su libro ha contribuido más que ningún otro, quizás, a difundir sobre Argelia – y Berbería – nociones que serán clásicas, especialmente de que el refuerzo del potencial económico, industrial y militar de las repúblicas corsarias fue consecuencia del establecimiento en el Norte de África de los moriscos expulsados de España (Turbet-Delof).
Sea así o no, lo que no deja de ser cierto es que sin la esperanza de libertad alentada por los moriscos españoles antes y después de la última expulsión, el Magreb actual hubiera sido muy distinto al que es hoy. El río de la historia no deja jamás de fluir por los cauces establecidos a lo largo de los siglos. Por muchas vallas que se le quieran imponer, más que obstaculizar su paso su torrente lo desbodará inundando áreas antes inimaginadas. El Mar Ibérico es una realidad histórica prexistente a la formación y desarrollo de los actuales estados. Y, como tal, más un río que une una común realidad bicontinental que una frontera que separa estados, lenguas y religiones. El deseo de ascender socialmente; el anhelo de lograr la libertad individual de la que carecía y la esperanza de conseguir disfrutar una vida mejor convirtieron al héroe cuya biografía ha escrito notablemente el profesor Anaya de pescador grancanario en el reconocido gran almirante de la armada argelina que llegó a ser. La sociedad abierta e inclusiva de la Árgel de entonces contrasta con la sociedad inelástica de la Castilla de entonces y sobre todo con el hermetismo social, cultural y religioso de la pueblerina sociedad de Las Palmas. Ese mismo río fluye hoy en idéntica dirección aunque con sentido opuesto. No es tan fácil borrar el peso de 3.700 años de historia. La esperanza es que siga fluyendo pero no por la inelasticidad y ausencia de libertad de la actual sociedad magrebí. Que fluya es el deseo, pero que lo haga desde la libertad y seguridad jurídica que otorga un acuerdo político entre mundos que siempre han conformado un común y único escenario. Esa debe ser nuestra esperanza.

Nota bibliográfica

Son muchas y variadas las lecturas que he tenido en cuenta a la hora de redactar este breve ensayo sobre la biografía que pudo ser de Simón Romero, pescador grancanario nacido en la calle de Triana de Las Palmas de Gran Canaria. Las primeras, los artículos, innumerables y siempre bien trabados, del profesor D. Luis Alberto Anaya Hernández, y, muy especialmente, “El corso berberisco y sus consecuencias: cautivos y renegados canarios” (AEA, núm. 47, Madrid – Las Palmas, 2001, pp. 19-42), “Simón Romero, pescador grancanario y gran almirante de la armada argelina” (AEA, núm. 49, Madrid – Las Palmas, 2003, pp. 311-331). El texto del profesor Foffani al que se alude lleva por título “La lengua salvada: Acerca de dibaxu de Juan Gelman” (en Culturas del Rio de la Plata [1973-1995] Transgresión e intercambio, Rolan Spiller [editor], Frankfurt am Main, Vervuert Verlag, 1995, pp 183-202). De Fernand Braudel, me refiero siempre a su El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en época de Felipe II, publicado en México, por FCE, en 1953, 2ª reimpresión, 1987). De este libro entresaco las referencias a Gautier y el concepto de “bicontinente” del sociólogo, antropólogo y escritor brasileño Gilberto Freyre, autor de Casa – grande y senzala, publicado en 1933, de donde el mismo Braudel, como reconoce, toma la idea, así como de su Interpretación del Brasil (1947, traducido al español por FCE, México, 1963). De Joseph Pérez se hace referencia sobre todo a Isabel y Fernando, los Reyes Católicos (Fuenterrabía, Nerea, 2001), España y América en una perspectiva humanista (Casa de Velázquez, 1998) y Carlos V y el Atlántico (Anuario de estudios atlánticos, 2005, pp. 271-284). De Diego Téllez Alarcia se ha tenido presente sobre todo su trabajo “El papel del Norte de África en la política exterior hispana (1474-1598)” (Tiempos Modernos, 1, Diciembre de 2000). Sobre el papel de los moriscos en el nacimiento de la Argelia moderna, sobre todo he tenido presente la obra coordinada por Mª Jesús Rubiera Mata, Carlos V. Los moriscos y el Islam (Congreso Internacional, Alicante, 20-25 de noviembre de 2000). De Juan Beneyto se ha tenido abierto durante la redacción de este trabajo su libro, clásico, España y el problema de Europa, (Buenos Aires, México, Espasa Calpe Argentina, S.A., 1950). Las biografías a las que aludo son las de Agustín Ferrera Troya. Biografía histórica de un nacionalista (e-book, 2010), y Miguel Campos, Un héroe para la libertad, (Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2006).




[1] Los poemas están compuestos originalmente entre 1983 y 1985.